lunes, 29 de septiembre de 2014

Fade into you...

 En la vorágine de mis lunes que empiezan 6.30 AM, no puedo dejar ir mi hiperconexión. Y, mientras corría de una punta a la otra de la ciudad, mis oídos captaron una frase que grabé como si fuera oro. Dos amigas en la mesa de un bar, café de por medio: "Vos tenés que hacer lo que te haga bien".
 Y no sé por qué captó mi atención. Claramente no fue por tratarse de una revelación; creo más bien que fue porque es algo que alguna vez me dijeron, que alguna vez dije y que alguna vez todas diremos. 
 No creo que sea un consejo sabio, creo más bien que es una frase que alguna persona escribió en un lugar recóndito del mundo para algún chocolatín de los que traen mensajes proféticos. 
 No necesito saber de qué hablaban estas dos amigas. Lo sé. Hablaban de alguna de esas encrucijadas donde no tenés idea de cuál es la respuesta correcta para el otro. Porque ¿Qué es lo que te hace bien? ¿Qué le hace bien al otro? ¿Hablaban de trabajo? ¿Hablaban de familia? ¿Hablaban de amor? ¿Qué es lo que nos hace bien?
 Si no hubiera estado, como siempre, tan apurada por llegar a algún lugar; me habría sentado ahí. Y después de un silencio introspectivo, les habría confesado lo que a veces no nos animamos a decir: "Vos tenés que hacer lo que te haga bien, el problema es que no sabés qué es". Porque si lo supieras, no estarías buscando la respuesta en el otro y, sobre todo, no estarías recibiendo esta frase. Porque ¿cómo sabés qué te hace bien? 
 Y no es que no podamos saber nunca cuando algo es bueno para nosotros; pero cuando buscamos la respuesta en una frase de chocolate Felfort, es porque lo que está bien no nos convence, y lo que queremos nos puede llegar a hacer mal. 
 Hace algunas semanas me di cuenta de que estaba leyendo mal algunos procesos. Pensé que tramitar era ver qué marcas los sucesos dejan en nosotros, para darme cuenta de que es al revés. No estaba preguntándome qué es el Otro para mí, estaba preguntándome qué fui yo para Él, qué quería. Mi cabeza reproduce el grafo del deseo de Lacan y lo llena de anotaciones. Y, por "anotaciones"; me refiero a signos de pregunta, corazones y algunos dibujitos. 
 ¿Qué le hace bien a una extraña en un bar un lunes? ¿Cómo llegás a un bar un lunes, a la situación donde la pregunta que no podés contestarte a vos misma se pronuncie en palabras de alguien más?
 Y supe lo que pasaba, porque somos más simples de lo que pensamos que somos. Supe que estaba en esas situaciones donde lo que quería hacer le iba a hacer tan mal, como no hacerlo. Como cuando querés comprar el blazer de Uma, sin que tu tarjeta sangre doce cuotas de 300$.
 No podemos salirnos del grafo del deseo, donde inevitablemente subyace la pregunta que nos mueve: ¿Qué me quiere el Otro? Y no sabemos qué nos  hace bien, porque no hay respuesta; más que las que nos inventamos para anticiparnos al cuestionamiento. 
 Me quiere vestida de Rapsodia, me quiere más inteligente, me quiere graciosa, me quiere con mejor piel. Me quiere bilingue, me quiere más joven, me quiere bien. Me quiere peinada, menos celosa, fanática de Messi. Me quiere capaz de prender el fuego para el asado, sin PMS, con pase libre los sábados. Y usamos tarjetas de crédito, leemos, nos envolvemos en cicatricure; usamos agua termal, leemos diarios extranjeros, nos subimos a tacos de diez centímetros, miramos partidos de la NBA. Todo para una pregunta que resuena, sin escucharse, más que en el fondo de una historia. 
 Me pregunto si de ahí nace el stalkeo virtual. Esta incesante tarea de averiguar cómo me quiere el otro, qué quiere de uno, hasta que uno desaparece ahí donde no se ve. 
 Y pienso. Pienso que lo mágico de las estructuras, es la posibilidad de permutar los personajes de los casilleros. Porque si el Otro fuera siempre encarnado por la misma "persona", desapareceríamos...sin posibilidad de saber dónde termina y dónde empezamos. "I would just fade into you".
 Pienso. Pienso que el día que conocí el grafo del deseo, supe que me iba a traer problemas. No entenderlo, fue lo de menos. 


lunes, 15 de septiembre de 2014

I don't need to hang on to heartbreak...

 Espero mi videncia gratuita online al ritmo de una canción de Celine Dion. Y elegí una canción que, junto con una sensación interna que me invade, se retroalimenta con mi pensamiento extrañamente positivo para el inicio de una semana que empezó a las 6 AM. Sentimiento todavía más extraño si consideramos que mi sesión de más de una hora de terapia incluyó una analogía sobre el espejo de la madrastra de Blancanieves y la confesión a mi terapeuta de que, cuando digo alguna maldad y ella hace caras, me siento juzgada. ¿Dónde voy a decir maldades crudas si no es en el lugar donde pago semanalmente? 
 Pero todo esto no importa. Juzgada o no, con ojeras o sin ojeras; mi espíritu está encendido esta semana. Me pregunto si es por la proximidad de mi cumpleaños, por el olor a primavera o porque hoy no tuve frizz en el pelo. Me pregunto si es por todo el ejercicio que estoy haciendo, por los regalos que me compré o por todas las velas que alguna abuela encendió por mi en algún lugar de Buenos Aires. 
 Temo que esta sea otra de esas sensaciones que dura tres días pero, honestamente, no me importa. Siento como si estuviera por recibir un regalo. Bueno, técnicamente lo sé, porque faltan quince días para mi aniversario natalicio. Pero, más allá de eso, hoy me levanté sabiendo que algo está por llegar. 
 Y sí, el cumbia ninja wannabe del colectivo a las 6.45 de la mañana opacó un poco mi esperanza. Pero no me dejo confundir fácil, es más que un guiño en un bus o un cincuentón que me deja pasar en el subte para tratar de darme charla. Es más que un reloj o un blazer bordado de Rapsodia. 
 Es Celine Dion, hablando metafóricamente. Porque cuando les dije que la esperanza es nuestro mal, me refería a la esperanza cristalizada en la proyección de nuestra propia película mental, encarnada en nuestras fantasías. Nuestro mal no es la esperanza, son las falsas esperanzas que nacen de recuerdos caprichosos. 
 "Mi corazón tiene que aprender a olvidar". Esa es la frase que me repito mientras como mi Danette diario y tomo nota de "When Harry met Sally". Porque básicamente descubrí la receta a varias de nuestras charlas. No se trata de anular la esperanza,  no se trata de no pensar. Y no, tampoco se trata de comprar el blazer de Rapsodia (Por ahora). Se trata de tener esperanza, pero genérica. 
 Es la industrialización de la esperanza. Es la muerte de los laboratorios que ponen etiquetas, es no pedir un ibuevanol o ibupirac; es consumir ibuprofeno. Es tapar la mira, para ampliar el panorama. No se trata de la lámpara, se trata de la luz...No se trata de una persona, se trata de "alguien", sin nombre. 
 No sé si son los "veinti" que se acercan, las gotas de lavanda en mi horno de barro o una epifanía del horóscopo que finalmente me dió una frase con la cual trabajar; pero creo que puedo estar acercándome a ese momento donde Celine Dion se siente orgullosa de esta fan que tiene solo uno de sus cd´s (rayado) y se sabe una canción y media (contando la de la Bella y La Bestia). 
 El tiempo pasa las hojas y, no sabemos cuándo, pero el amor nos encuentra. Y esta es la parte donde me alejo de Kung Fu Panda o Miyagi porque se acabó la esencia de la lavanda, y le aclaro al destino -> Que no venga en forma de plantar un árbol o la sonrisa de un anciano; que venga del bueno porque no leí tanto horóscopo y pagué tanta terapia para descubrir colores en el viento o ser feliz por una hoja que vuela en la montaña; no soy Pocahontas. 
 Volviendo a nuestro eje, "Love is on the way", o eso me prometió Celine. Ella lo siente, yo lo siento, nosotras lo sentimos. Dudo mucho que venga en alas de ángeles, Celine puede ser algo sentimental; pero no dudo que, si logramos desanclar la esperanza, nos encuentre. "Love is on the way" si no nos aferramos al corazón roto. Y no hay que esperarlo, hay que recibirlo (en el blazer de Rapsodia).

domingo, 14 de septiembre de 2014

Yo soy tu mal.

 ¿Cómo elegimos no esperar algo? "Por las dudas no esperes nada", "No te ilusiones", "MENTALIZATE". 
 Termino mi chocolate con maní de la tarde, miro con ojos en blanco el grupo de whatsapp en mi celular que regurgita consejos ideales y pienso en las frases de mis amigas.  Al mismo tiempo me pregunto cómo llegué a estos domingos de short y cacao, cómo llegó chocolate a la pared blanca y si me peiné hoy. Y me recuerdo a mi misma que, los domingos, vale todo (menos joggings). 
 Les pregunto a mis amigas desde cuándo creemos que controlamos lo que pensamos, lo que sentimos o lo que esperamos: "No nos mintamos MÁS...me mentalizo, pero no dominamos esa jungla de deseos que se esconde en algún lugar bajo litros de productos Elvive y Kerastase". 
 "No es mentirse, es asumir que no va a pasar y no dejar dudas para después no sufrir...ANULAR LA ESPERANZA". Y, aunque valoro los consejos de mis compañeras de género, e incluso las considero super sabias; en esta ocasión debemos agree to disagree. Porque convencerme de que no estoy añorando lo que estoy esperando, es intelectualizar. Y, aún cuando piense que vencí la esperanza y no estoy esperando lo que estoy reproduciendo en mi mente incesantemente; va a llegar el momento inevitable en el que la realidad me confronte con eso que aparentemente no tengo que pensar.
 ¿Anulamos la esperanza? No, negamos el deseo. Yo no puedo anular; mi mente se prepara constantemente para situaciones que pueden, o no, resultar de la manera que imagino. ¿Está bien? No, porque las situaciones no siempre se desarrollan como las deseamos. Y supongo que es eso lo que mis amigas quieren evitar, la desilusión de no poder poner en práctica los tantos escenarios que vamos ideando en nuestras cabezas. 
 Pero ¿ a quién engañamos? Yo no puedo elegir qué espero, de quién o cuándo. Con suerte puedo elegir lo que quiero para mi cumpleaños y, últimamente, ni siquiera eso. ¿Cómo elegimos no esperar algo? ¿Por qué hay que dejar de esperar? ¿Para no sufrir? Es irónico, considerando que el sufrimiento es un sentimiento inevitable para la raza humana. Sufrimos cuando se muere el hamster, cuando pierde Boca y cuando se rompe un collar; cuando el que querés no te quiere, te caes de la bici o te hacés un tatuaje. Desde la óptica de la desilusión, no tendríamos que aferrarnos a nada. Y sin embargo, henos aquí, aferrados a todo. 
 Nos convencemos, no elegimos. Nos convencemos, no elegimos qué pensar. Nos obligamos a focalizar la mente en algo más, creyendo que disponemos libremente de la energía que embebe nuestro pensamiento. Pero no mandamos, no somos gobernantes de nuestra mente en todo su territorio. Basta con pensar en los sueños, para saber que hay cosas que nos son propias y ajenas a la vez. 
 No mandamos en nuestra propia mente. Y así es que, cuando pierdo mi eje por unos minutos y algo me vuelve a traer a mi, me doy cuenta que estoy vagando por donde no tengo que pisar. Es como cuando en el boliche se te acerca un potro y para cuando le quisiste decir que "no", ya van bailando su tercer canción. Hay cosas que no podemos controlar. 
 No podemos controlar ciertas cosas y, aún así, en nuestro espíritu de grupo de autoayuda nos queremos autoconvencer de que tenemos el control. Creemos que tenemos el "poder de Grayskull". Pero chicas, si tuviéramos el poder de He-Man, si realmente tuviéramos EL PODER de la situación, yo no estaría escribiendo este blog, ustedes no estarían leyéndolo y no habría largas charlas a la luz de docenas de medialunas de manteca. No habría notas de voz en llanto, diarios íntimos, compras compulsivas o tarjetas de crédito, no existirían rondas de tequila, no habría que ir a terapia y seríamos felices con una sola cartera. 
 No tenemos el poder. No tenemos el poder de Grasyskull, del horóscopo, del subte o de la moda, No tenemos el poder de controlar cuánto chocolate o bizcocitos de grasa comemos, MUCHO MENOS tenemos el control sobre lo que pensamos o esperamos. Y no sé si nos controla alguna instancia psíquica como el inconciente, Voldemort o Luke Skywalker; no sé si nos controla la televisión o nuestra vida está configurada a lo Truman Show, si nos lavaron el cerebro los pequeños ponnies o Disney arruinó nuestra única chance de vidas emocionalmente sanas. Lo único que sé es que hay pensamientos y esperanzas que no manejamos, y eso nos convierte en seres vulnerables. Y hay alguna instancia psíquica en mi cabeza que, cuando intento no pensar en lo que mis amigas piensan que no tendría que pensar, se ríe y me da la razón...porque sabe que manda y tararea muy suave, "Ahora mando yo, y yo soy tu mal". 
 No es mi mal porque tenga que pensar, es mi mal porque no podemos anular la esperanza. Y es la esperanza la que manda por sobre la razón. Es mi mal porque sé que lo que pienso no va a pasar, pero ese día no voy a poder evitar esperarlo...Y ese es mi mal. 




sábado, 6 de septiembre de 2014

Can´t stop, won´t stop movin´

 Después de vivir algunos meses en la calma que antecede al huracán, llegué al movimiento. Y pasé de una resonancia magnética del cerebro a un pase anual en Megatlon. Porque mi mente funciona así, a todo o nada. 
 A veces creo que la fuerte conexión entre cabeza y cuerpo, puede convertirse en una relación jerárquica algo tiránica. El cuerpo puede apagar la mente, y  la mente puede marcar el cuerpo. Y la desconexión entre los dos pilares de nuestra existencia, desemboca en un caudal de baja energía que nos deja tiradas viendo capítulos viejos de "90210". 
 Yo me muevo a todo o nada. Y puede ser peligroso a veces; sobre todo cuando uno se embarca en proyectos donde, "todo", es imposible. Si no vas a ser Celine Dion, no hagas canto, si no vas a ser Manu Ginobili no juegues basket y si no vas a ser Carolina Herrera no diseñes ropa. No importa cuánto invierta en mi flexibilidad mental, mi superyó volvió a hablar. ¿Resultado? Pase anual en una red de gimnasios con clases ilimitadas. 
 Y, desde atrás, este Yo que se cree super va marcando a fuego un mensaje: Abdominales de acero y flexibilidad de Nacha Guevara. Pero ¿cómo convence a un yo que tiene alma de obesa y un resabio de trastorno alimentario? Fácil: Podés usar un top fucsia y esas zapatillas que compraste al pedo. ¿Entonces? Me levanto un sábado a las 8 de la mañana; me lavo la cara y me ato el pelo, que ya roza el largo indígena, lo más alto que puedo. Y me pregunto, ¿qué hace la gente cuando hace ejercicio? Compra agua, entonces compro agua y camino al gimnasio. 
 Despiertos están: los que vuelven del boliche, los que barren las veredas y yo. ¿Casi despiertos? Los homeless que duermen en cajeros y la que supo ser mi galería preferida. ¿Dormidos? Los felices. 
 Llego a una de las clases que elegí. Para mi sorpresa, la profesora tiene la edad de mi abuela y la onda de una super estrella. Cuatro viejas, una cuarentona, un potro y yo. Pensé que me iba a poder lucir con lo que queda de flexibilidad de mi época de gimnasta, pero para mi sorpresa el ejército de personas mayores está más entrenado que De María. Y pienso: Ok, me hacen quedar mal con el potro y ni siquiera tengo maquillaje ¿Entonces? Renuncio al potro y me concentro en mis abdominales. 
 Dos horas y media de clases después, con el alma en mi casa y más tonificada que nunca, habiendo renunciado al potro porque mi pelo no está donde tiene que estar; emprendo la retirada orgullosa de mi misma. Porque, aunque no fue mi primer día en la red y ya hice aparatos, no solo me desperté un SABADO, SOLA y FUI, sino que ENCIMA no compré nada en mi recorrido de cuatro cuadras por Avenida Santa Fe. 
 Y sí, sé que no compré nada porque los locales estaban cerrados. Pero a la vuelta estaban abiertos y solo paré en dos vidrieras. No solo eso, sino que la bulímica que nunca fui me insistía en comer dos alfajores triples o un chancho...hasta se conformaba con un tostado de Mac Donald´s; PERO tomé yogurt bebible. Y cualquier persona que me conozca sabe que el yogurt le pisa los pies al kiwi y el tomate entero en mi lista de "cosas que me hacen escupir". Y sí, tardé media hora reloj en tomar media taza de yogurt sin gusto, pero lo hice. 
 Y no sé qué tanto pueda mantener estas rutinas en mi vida. Por lo pronto mi Super Yo tiene un reloj que marca 12 meses. Doce meses y la esperanza de llegar a los 70 años con la piel de Nacha Guevara y la tonicidad de Iron Man. 
 Sea como sea, no voy a perder mi esencia. Las patitas de jamón y queso siguen en la base de mi pirámide nutricional, aún cuando tengan que convivir con lechuga. Voy a seguir comiendo un paquete de bizcochos de arroz gallo oro cada dos días y nunca voy a renunciar al charlotte. La única diferencia es que lo voy a hacer en mi mejor top turquesa (el cual no tengo y tendría que conseguir). 
 Y, mientras mi vida se encauza hacia el día en el que me den mi propio reality que compita con el de las Kardashian, tendré que conciliarme con la idea de la vida sana para seguir sosteniendo este esqueleto de metro setenta. 
 Mucha gente no me tuvo fé en mi firma de contrato por doce meses. Mi terapeuta, amigos y hasta creo que la comercial que me vendió el plan. "Hater´s gonna hate"...los cambios, son movimiento. Y yo me sigo moviendo, literal y simbólicamente. 
 Y algún día, tal vez en el verano, voy a tener un bronceado que brille como el sol y más flexibilidad que las septuagenarias, mi pelo va a quedarse en su lugar, y no voy a tener que renunciar al potro. No me juzguen, todas necesitamos algún tipo de incentivo a las 8 am de un sábado.  

lunes, 18 de agosto de 2014

Say my name, say my name...

 Uno de los primeros textos de Lacan que leí, hablaba de los nombres. Y, aunque probablemente no lo entendí bien, siempre lo recuerdo. 
 Estuve pensando sobre mi nombre en la voz de alguien más; sobre los significantes, esas marcas que nos preexisten. Y nos preexisten, porque alguien nos pensó antes de existir. Y aún después de materializarnos, nos siguen haciendo existir, porque alguien nos nombra. 
 Nos nombramos y marcamos constantemente. Nos marcamos también en el amor. ¿Por qué nos marcamos? "Gorilita", "Gordo", "Bicho", "Tuti", "Amor", "Bebi", "Chino" "Chancho". Las marcas nos dan un lugar, si quieren, en el lenguaje...pero también en esta realidad que construimos día a día. 
 Existir antes de existir, es la posibilidad misma de subjetivarse para mi. Pero ¿qué pasa cuando el que nos marca no está más? ¿Dónde está John L Cook, Sail o EF? ¿Dónde van las marcas que no se nombran más? O, mejor preguntado ¿Qué pasa con las marcas que alguien no nombra más? ¿Dónde vamos cuando no nos nombran? ¿Cuándo se cierra la cicatriz que me dejó el piercing del ombligo? 
 Donde no hay palabras, para mi hay angustia. Y lo que desaparece de la boca del otro, no desaparece en uno. Es como esos sellos invisibles a la luz corriente, que brillan fluorescentes a la luz violeta. Como el fibrón transparente del boliche que se hace ver en la oscuridad. 
 Un significante, es lo que otro  no es. Y ¿cuando no está el otro? No es. Pero, cuando el otro está y no lo nombra, quema. 
 Es difícil acordarse cómo éramos antes de ser nombrados. Cómo éramos antes de que KSK hiciera la mejor ropa de fiesta, o Jazmin nos diera los mejores jeans. ¿Cómo eran antes de que les pusieran un sobrenombre que las definiera? 
 Las marcas personalizan y, cuando se llaman al silencio, despersonalizan. Me pregunto si esta es una oportunidad de reinvención. Pensé en ser rubia, volver al flequillo, usar jean con jean (En tonos iguales obvio), emigrar o aprender a cocinar. Pensé en marcarme yo misma, un tatuaje tal vez...pero lo único que se me ocurrió fue una letra y desistí. 
 Encontré mis cuadernos fucsia con más de veinte canciones y descubrí que esto ya pasó alguna vez. Fueron veinte canciones contra noventa posts, música mata blog supongo. 
 Y pienso, pienso que es el lenguaje el culpable. Si pudiéramos no necesitar hablar, no nos enredaríamos así. Esta necesidad de que diga mi nombre y reavive una marca. Esa necesidad de que el otro aparezca en un texto, una foto, una señal de humo. Esta necesidad que me hace sentir un vampiro, que necesita la invitación del dueño de casa para entrar. 
 El nombre, el apodo, la marca...nos pone en relación al otro. Cuando una historia acaba, en la retirada perdemos lugares; no perdemos las marcas. Y si las pensamos como tatuajes, queda la cirugía láser o tatuar algo encima. Pero, no importa que tan diestro sea el tatuador, siempre vas a ver lo que está abajo...
 ¿Por qué necesito que diga mi nombre? Porque es lo que me hace lo que soy...y hace que las demás, no puedan ser yo. Necesito que diga mi nombre para acomodarme simbólicamente en este caos de ideas. Necesitamos que digan nuestro nombre, para que todo caiga en su lugar. "Say my name, say my name". 
 Y si no lo dicen, que no lo digan...Porque si Beyoncé sobrevivió, no tenemos de qué preocuparnos (espero). 

sábado, 9 de agosto de 2014

You can´t push a river...you can´t make me fall.

¿Por qué quiero el reloj Samsung que conecta con mi Galaxy si: A) No puedo correr más de una cuadra sin morir de un bronco espasmo, B) NUNCA iría a un boliche con esa deformidad escondida entre mi tribu de pulseras doradas y C) Agendo solamente un tercio de mis reuniones y reminders?
Supongo que es por la misma razón por la que tengo un par de zapatillas Nike para correr y varias remeras y carteras iguales en distintos colores. Marketing y una pizca de ansiedad que muere en una pequeña compulsión.
Y es que cuando veo la propaganda del reloj, me SUPER imagino corriendo por los bosques de Palermo o patinando por el Rosedal. Mi colita de pelo larga zarandeándose al ritmo del trote en un top fucsia y calzas de running (que también tendría que comprar para matchear el nuevo accesorio);  y Maroon 5 sonando en mi I pod, mientras quemo la grasa que no tengo y tonifico mis “músculos”. De solo pensar esta escena, ya me siento tonificada.
¿Por qué nos mentimos? “Voy a RE correr, ¿para qué voy a gastar mil pesos en zapatillas que no voy a usar? No soy tonta, duh!”. ¿Resultado? Usé las zapatillas dos veces para ir al supermercado. Lo peor de todo es que elegí colores estridentes que no combinan con nada de mi placard, por lo que si quisiera ir a correr, necesitaría realmente ese top fucsia. Y sé lo que están pensando, la respuesta es “no”, hacer ejercicio en un outfit que no combine es ganar salud física y matar el alma; por lo que usar cualquier ropa el día que (no) voy a correr no es una opción para mí.
Esto es como esa vez que empecé gimnasia artística, mamá me compró tres mallas y dejé a los seis meses. Y estoy bastante segura de que a todas nos pasa, aún a las que piensan que no. Abran sus placards de cualquier área de la casa; va a haber algún sombrero, pañuelo, saca cutículas o máquina de hacer pan que nunca usaron. Alguna minipimer o hasta un molde para hacer muffins; una manzana que murió en la heladera o un libro de filosofía que no empezaron porque descubrieron que leer más difícil, no nos hace más inteligentes, es simplemente más difícil.
Y hoy en uno de mis tantos chats grupales, se generó una conversación ante la confesión de “Necesito una cita”. La conversación incluyó frases como “yo también”, “chongo”, “ya estoy en pijama”; omitió frases como “no tengo comida en la heladera”, “agoté mi little black book” y “¿y si me compro un perro?”; terminó con la conclusión de que  “necesitamos irnos de viaje”.
Pero entonces me pregunto, ¿necesitamos una cita? ¿No puede existir la posibilidad de que, y estoy pensando off the top of my head, la cita sea como el reloj Samsung? ¿Que sea como las zapatillas, el top fucsia o la minipimer? ¿Por qué todo parte de la ilusión de una necesidad?
Juro que no soy una loser, pero la semana fue agitada y hoy cursé todo el día; así que opté por un sábado loser. Mis amigas y yo vimos “Sex and the city the movie DOS”, en red…Bueno, en red es una forma de decir, la realidad pasó por otro chat: “Estoy viendo Sex and the City”, “Yo también”…”Quiero que me pase eso” “Yo también…(la parte de viajar gratis en primera y montar camellos con ropa de diseñador; no la parte de ir a la cárcel o chaparte un ex en el desierto). Como sea, las secuelas de cualquier película suelen ser para loser days, pero ese no es el punto. El punto es que de toda situación estimulante generamos una necesidad. Porque ahora creemos que necesitamos viajar a Abudabí para broncearnos y sentirnos super poderosas.
No chicas. Basta. No al reloj, no al top fucsia, no a Abudabí. Montar un camello debe ser lo peor que te pasó en la vida; deben tener olor a chivados, te transpiran la ropa, escupen y dudo que la incomodidad de la joroba nos deje andar con glamour. El reloj futurista es la versión adulta de esa moda de 1992 donde nos colgábamos un collar de hilo negro en el cuello del que colgaban chupetes de plástico, o las gargantillas de 1999; las zapatillas con taco del ´97 o las botas texanas del 2004.
Basta de fantasías pseudo Carrie Bradshaw. No porque no te puedas cruzar un ex en Abudabí, eso puede pasar totalmente; sino porque no te lo vas a chapar, no vas a estar bronceada y tu marido no te va a regalar un diamante para reforzar tu compromiso. Lo más probable es que hayas dormido mal, estés cerca de un maxi kiosco y tengas la primera muestra de orina en una bolsa porque estás yendo a hacerte un análisis de rutina.
Basta por favor publicidad, propagandas, televisión. Tengo dos televisores en un departamento de un ambiente y medio…Las chances de terminar con este reloj Samsung en mi muñeca son altas, porque la carne es débil, aunque la mente sea astuta. Pero creo que vale la pena intentar resistir la tentación… porque creo que tengo razón, las necesidades nacen de una ilusión innecesaria. No necesito ese reloj, NO LO NECESITO.

Así que chau reloj super inteligente para corer y ver notificaciones o contestar llamadas, chau reloj que no combina con mi ropa y es muy grande para una muñeca que puedo abrazar entre mi menique y dedo gordo, chau. No podés empujar un río y no podés hacerme caer…después de todo, sos un reloj digital y "this love don´t feel so right".

domingo, 3 de agosto de 2014

Vives esperando un corazón extraño que venga aquí.

 Hoy me desperté con mucho frizz en el cuarto que mi mamá mantiene intacto para mí, con una canción del 2000 en mi cabeza. Me levanté cantando esa canción de Alex Ubago que una amiga había grabado en un cd para mí, en esa época donde todas estrenábamos el último grito de la tecnología: Las grabadoras de Compact Disc.
 Mientras me lavaba los dientes y analizaba el estado de mi pelo frente al espejo con esa melodía en repeat en mi cabeza, me pregunté el por qué del recuerdo. Porque no estuve escuchando música retro, mucho menos me crucé con ese cd que ya ni sé dónde está. Tampoco me encontré con mi amiga, y no estuve sintiéndome nostálgica. 
 Y es que cuando una canción emerge de la nada en nuestra mente, yo creo que siempre hay que preguntarnos por qué. No aparece la canción entera, suele aparecer un segmento de la letra, de la música, de lo que quiere evocar. Es como el recuerdo disparador en terapia; no emerge lo que quiere hacerse escuchar, emerge la punta del iceberg, para que tiremos de ese retazo cual hilo y lleguemos a la costura.
 "Es todo lo que pido por ser feliz, ¿qué pides tú?". WTF, ni siquiera sabía que me acordaba las letras de Alex Ubago, ni su nombre recordaba, emergió de lo más profundo de mi preconciente. Mucho menos sé qué es lo que pido por ser felíz, así que claramente mi mente apuntaba a sí misma.
 Y entonces busqué la canción, cual Sherlock Holmes me ví en la necesidad de investigar qué estaba tratando de decirme a mi misma. " ¿Qué pides tú? Que vives esperando un corazón extraño que venga aquí". Ok, entendí. Entendí gracias a mi capacidad de adosar a la letra pensamientos sueltos que lograron completar un panorama. 
 ¿Pueden relacionarse con eso? A veces cuando aparece un extraño, ¿no se preguntan qué papel puede llegar a cumplir en sus vidas? Si no lo hacen, lucky you, saben subirse al destino sin esa sensación de ansiedad que causa la incertidumbre.
 Y me pregunto si de esto se trata lo que algunas personas nos dicen, cuando plantean la necesidad de aprender a estar solas. Esa insistencia que yo freno con mi teoría de que somos seres sociales, que hasta en nuestra cabeza hablamos con pluralidad de otros cuando pensamos. 
 Estoy tratando de cambiar algunas cosas, de ser agente de mi propia evolución a una versión que visualizo cual Terminator, pero más fashion. Empecé con la limpieza de uno de mis placards; logrando reducirlo en algunos kilos re ropa, a base de no pensar dos veces en las prendas que no sobrevivieron el descarte, simplemente dejarlas ir. 
 Dejé ir calzas, sweaters, tapados y remeras que hace tiempo sobrevivían las limpiezas a base de la típica frase "Algún día lo voy a usar" o "Está nuevo, lo usé una vez". Dejé escapar botas, zapatos y mocasines que nunca me acompañaron a pasear; o que simplemente no reflejan lo que soy hoy. Colores que ya no combinan con mi color de pelo y texturas que necesito perder. 
 Y es que cuando un lugar está tan lleno, respirar es difícil. ¿Algún día les pasó? Contemplar una situación abrumadora, donde la falta de espacio no las deja pensar. Necesito hacer lugar, no para lo nuevo, para mí. 
 Y me falta, me falta un segundo round con dos placards y empezar de cero con otro. Me falta animarme a abrir cajones donde hay cosas que me hacen acordar canciones extrañas, o personajes MIA (Missing in action).
 Es irónico considerando que en Diciembre llega un pedido bastante grande que va a volver a sacarme espacio y aire. Pero supongo que es un trabajo de por vida. Nos llenamos con lo que creemos necesitar, lo disfrutamos y; eventualmente, necesitamos limpiar, rever, seguir. 
 Cuando pueden dejar ir algo de eso que las hace pesadas, tienen que estar orgullosas. Orgullosas de dejar ir algo que ya no necesitan, pero que puede hacer feliz a alguien más. Alguien más va a disfrutar de mis botas Sarkany, mi tapado cuadrillé o mi sacón verde oliva; de mis remeras de Ayres o esa pollera hindú que ya no pega conmigo. Los mocasines marrones símil Oliver Twist, el chaleco gris que tanto quise o los pañuelos con brillos de Isadora. 
 Y me pregunto si alguien más está dejando ir algo que yo voy a disfrutar. Tal vez es un error, tal vez debería disfrutar simplemente de este nuevo espacio y aire; o entender que este es un proceso que recién empieza, porque todavía tengo que dejar ir algunas Converse y un chaleco de piel azul eléctrico que nunca sé con qué usar. 
 ¿Cuántas cosas dejamos ir? ¿Es perder posible solamente si nos generamos la ilusión de que algo más va a tomar el lugar de lo que se va?
 "Vives esperando un corazón extraño que venga aquí y saque de tu cuerpo y tu alma lo mejor de tí". Puede ser, estoy esperando algo que, más que extraño, prefiero llamar "nuevo". Y ya entendí. Ya entendí que no va a venir en una bolsa de Rapsodia... Y, hasta que llegue, entendí que tengo que ser mi propio agente de cambio...y empecé limpiando el placard, no ordenando; perdiendo. Odio perder, pero no se me ocurre otra forma de ganar. 
 Si Gollum no hubiera perdido el anillo, Frodo no podría haber ido a Mordor. Y si Cenicienta no hubiera perdido un zapato de cristal, no habría ido al baile. Yo perdí unos kilos de ropa, no sé qué voy a ganar...en el peor de los casos, gané perchas.

Jaque al Rey...

            Hace tiempo empecé a experimentar una sensación. De esas que nacen del medio del esternón y te contraen como si fueras a echar...