jueves, 30 de octubre de 2014

Let the broken pieces go.

 A veces me pregunto si es posible estar en conexión con uno mismo 24 x 7. Supongo que lo que cuestiono en el fondo es cómo es posible estar tan desconectado de uno. ¿Cómo llegamos a esos momentos?
 Es como cuando estás en plena clase de stretching, rodeada de viejas gimnastas y hombres con más flexibilidad que un flota flota y, en pleno estiramiento, conocés un músculo que ni sabías que existía. Tenemos más músculos, huesos y articulaciones de los que creemos. Tenemos más pelo del que podemos contar, más lunares de los que podemos ver y órganos que ni sabemos para qué están. ¿Para qué sirve el apéndice? ¿Cuántas células necesitamos? ¿Cuántos litros de sangre circulan por nosotros? ¿Por qué las uñas están donde están? ¿Necesito tantos músculos? No dudaría ni dos segundos en permutar algunos por carteras. 
 Nuestra cabeza no es diferente, después de todo está (des)conectada a un cuerpo. Tenemos más representaciones de las que podemos manejar concientemente, algunas tan guardadas que nunca tuvieron su propia escena. 
 Y, mientras estiro un músculo cuyo nombre no conozco, con  una cinta elástica que no sé para qué está y me pregunto cómo es posible convivir con algo que no sabía existía; pienso en la analogía entre este descubrimiento fisiológico y la mente (Y en un alfajor triple de dulce de leche). 
 Sé que es verdad, sé que la mente guarda "músculos" de los que no sabemos ¿Alguna vez dijeron algo que no planearon? No solo que no planearon, algo que no sabían pensaban, que no saben de dónde salió. Una de esas frases que pasan desapercibidas ante el público corriente, pero nos deja sorprendidos de nosotros mismos. Un festín para los psicólogos a nuestro alrededor; una sensación de que hablara alguien ajeno, mostrándonos algo de nosotros que no podemos ver a voluntad. 
 Llegamos al mundo sin conocernos. Miramos una mano y alguien nos dice lo que es, nos miramos al espejo y nos dicen nuestro nombre. Pero no terminamos de conocernos nunca. Tantos músculos y articulaciones que solamente sentimos si ejercitamos. 
 ¿Qué conocemos? Conocemos lo que sentimos, lo que nos muestran. No vemos toda la temporada de Ayres, conocemos lo que aparece en el Look Book. ¿Cómo vemos el depósito?
 Hay cosas de nosotros mismos, que nunca vamos a conocer. Nunca vamos a poder vernos la espalda, adentro de la oreja o el corazón. Lo vemos a través de la óptica de alguien/algo más. 
 Yo conozco la espalda de alguien que nunca va a poder verla, y esa persona conoce la espalda que yo nunca voy a poder mirar. Me pregunto entonces si siempre me va a faltar algo, que alguien más me puede dar. 
 Y mientras ejercito este "músculo" al que nunca le había prestado atención, del que no sé el nombre y el cual ni siquiera me molestaba; pienso. Pienso en lo que los otros dicen, sin saber que lo dicen; pienso en lo que debo decir, sin percatarme de esa parte de mi que trata de conectarse. Pienso en que quisiera entrar al depósito de Ayres porque el Look Book SS 2015 no me gustó tanto y quisiera ver qué más hay. Pienso en cómo es posible que existan músculos que no hacen ruido a nuestra existencia. 
 Nos vivimos centrando en lo que hace ruido, lo que molesta o no sale de escena. ¿Cómo puede ser que esté centrada en cicatrices de batallas que nadie ganó, en vez de prestar atención a estos "músculos" que todavía no marcaron el cuerpo?
 "¿Te acordás el otro día cuando dijiste ......?" "NO, ¿Yo dije eso?" "Sí. Más de una vez". Supongo que mañana le tendré que decir a mi cita semanal lo que descubrí. Descubrí que mis defensas maníacas me permitieron sobrevivir un "heart shaped wreckage", a costa de desconectarme de algunos "músculos". Pero, si stretching puede conectarme al cuerpo; debe haber algo que pueda conectarme al desorden de algunas piezas rotas, para dejarlas ir y conocer las piezas nuevas.
 Mientras tanto, me conformo con conocer la segunda parte de la temporada de Ayres y volverme una persona más flexible...metafóricamente hablando. Y miro este heart shaped wreckage que, como un músculo sin óxigeno, no sirve para nada. 

miércoles, 29 de octubre de 2014

Cada vez que pienso en vos...

 Esta semana volví a mi teoría sobre el amor. Mi terapeuta se ríe cada vez que la escucha, pero yo estoy 89% convencida de que es una decisión. De hecho, es más que una decisión personal, muchas veces se expone ante comités evaluadores. Bueno, quien dice comité evaluador, dice grupo de amigas alrededor de una botella de Campari. 
 No descarto la "magia" del amor y el momento en el que dos personas se conocen y se sienten atraídas. Tampoco descarto la multiplicidad de atracciones que unen a dos personas: Física, mental, complementaria, situacional, vudú o matrimonio arreglado en la infancia. Simplemente considero que hay una interacción de factores. 
 Por supuesto que existe la que saltea el comité evaluador o incluso el propio comité interno de su mente que analiza los riesgos y ventajas de la situación. Existen entonces las enamoradizas y las inenamorables (No existe, va a estar en mi diccionario). 
 Las enamoradizas no discriminan, van de rama en rama. Veinte años, treinta años, morenos, rubios, intelectuales, hippies, politólogos frustrados, ejecutivos, surfers. No hay un patrón, no hay un análisis, es puro sentimiento. Es como ir a una guerra medieval sin escudo o usar un vestido blanco y ropa interior flúo. Todo está expuesto constantemente, no hay mecanismos de autopreservación.
 No es que enamorarte en el subte no esté bueno. Es simplemente que hay que tener en cuenta que, si te enamoras en cada vagón, las chances de que camines al ocaso de la mano con esa persona al ritmo de una canción de Shania Twain son reducidas. Son reducidas porque la mala iluminación del subte y la falta de oxígeno nublan el juicio. 
 Las inenamorables son las que ni siquiera llegan al comité evaluador. Son las que buscan la reencarnación de Einstein en el cuerpo de Adam Levine, con el imperio de Donald Trump y el humor de Jim Carrey. It ain´t gonna happen. Sobre todo porque, si existe, ya se casó con Blake Lively. 
 Las inenamorables son herméticas, viven en la idealización. La idealización de ellas mismas y del otro, un otro que tenga todas las piezas en su lugar. Jim Carrey no debe ser gracioso todo el tiempo y hasta Adam puede perder su sex appeal a la mañana.  
 El error de las herméticas es que no van a la guerra medieval con un escudo, van con armadura. El segundo error es que, apuntar a lo idealizado, nos lleva a aspirar a nuestra propia idealización. Y no existe amor que valga maquillarse un domingo, NO EXISTE. 
 Entonces el enamoramiento es una decisión en tanto presupone optar por un nivel de apertura y compromiso con lo que se cruza ante nosotros. Supone optar, o no, por dar oportunidades a las opciones que se nos cruzan. 
 ¿Y el comité evaluador? Una vez que superaste la charla interna de tus instancias psíquicas y decidiste que estás ante una buena oportunidad, el comité aporta consejos a las decisiones. Creo que es prueba empírica de que somos seres sociales, partidarios de la vida en tribu. No hay un brujo que sabe sobre todo (We wish), pero hay espacios compartidos donde nuestros análisis personales se despliegan ante nuestros pares en salas de chat y juntadas en un balcón con fernet y la "OH La La". 
 Es como cuando jugámos al Monopoly, nos queda un billete de 500 y tenemos que decidir si compramos 10 casitas o esperamos una mejor oportunidad. Todo está sobre un tablero. 
 Las inenamorables no compran ni propiedades, y las enamoradizas se funden plantando una casita en cada adquisición. 
 Vivimos de decisiones y nos apoyamos en consejos. Decidimos levantarnos, qué ponernos, cómo peinarnos y qué comer. Decidimos qué leer, qué escribir y dónde ir. No importa qué tan influenciados por las normas sociales estemos, apegarnos nos hace ser portadores de decisiones. Pero nos apoyamos en consejos, para atenuar consecuencias. No decidimos qué sentir todo el tiempo; pero el amor, para mí, no es sentimiento puro, no es un disparo al corazón que no caduca. 
 Y me pregunto si soy enamoradiza, inenamorable o un intermedio. Me pregunto si eso también es una decisión. Pero cada vez que pienso en distintas situaciones, "fue amor". Aunque "podría haberlo hecho mejor"...y eso también es una decisión. 


´Cuz I got all the things I want to say...

 Cambió el mes, cambió mi edad y me pregunto si cambié yo también. Pero mi ausencia de este espacio es independiente a cambiar o no hacerlo. 
 "¿Alguna vez probaste escribir una carta?". "Te aclaro que NO pienso mandar ninguna carta". "No tenés que mandarla si no querés, pero hay cosas que no estás diciendo". "No me sale decirlo". "Probá". (Silencio de ultratumba, mientras miro sus zapatos hippie style). 
 Y así transcurrí un mes, tratando de escribir en otro lugar. Un Word, un cuaderno viejo, una servilleta. El block de notas de mi celular, la tablet, en el lienzo de mi cabeza al que poco lugar le queda. 
 ¿Alguna vez sintieron que tenían todo lo que quieren decir desparramado por ahí? Tenés tu pollera de lentejuelas, tu camisa estampada de seda con leones, zapatos con tres colores diferentes, un collar con apliques, aros y cuatro pulseras. Querés usar todo, y no podés usar nada. No hay manera de combinar todo eso junto, no hay forma de que no sea demasiado. Tenés todo adelante y no se te cae una pizca de creatividad para hacerlo funcionar. 
 Darle una tarea a un boceto de obsesivo compulsivo es complicado cuando el resultado le es inalcanzable. ¿Consecuencia? Tres borradores con retazos de lo que uno quiere decir y nada nuevo. 
 Y es que a veces me pregunto si la palabra no tiene un límite. El límite de poder expresarlo todo, de poder transmitir lo que la motoriza. 
 Soy excelente escribiendo cartas. Soy de la generación "Cris Morena", escribir canciones que rimen y cartas en hojas perfumadas está entre mis mejores virtudes. Puedo lograr que las palabras más duras se escondan entre puntos y comas, para que el otro sienta un halago atrás de un reproche.
 Me pregunto si el error es la contención ante el miedo a desestructurarse. "Vos te movés como si nada te faltara". Me faltan cosas, me falta el Swatch cobre, un masajista full time y el nuevo CD de Taylor Swift. Me falta sueño y amor por las frutas. Pero no, aparentemente lo que me falta es mostrarme vulnerable ante la falta. 
 Y en mi ímpetu por superar el clisé al que las mujeres fuimos ancladas, esa idea de que necesitamos del otro y somos más vulnerables; me volví, irónicamente, dependiente a una ilusión de completud que no hace más que mostrarme que la cristalización de lo que no decimos estanca. 
 Entonces, una carta. Prueba 1) Una carta poética de las que guardas para tus nietos, sobre una historia suave a lo "Dear John". Prueba 2) Una carta inmemorable, con excelente puntuación y repeticiones de argumentos quemados, algunos chistes y una firma. Prueba 3) Una carta mal puntuada, con poco proceso secundario, donde los retazos de lo que no quise decir se plasman en un papel que nadie va a leer. De esas cartas que tendrían que transformarse en canción de Christina Aguilera o Cher, con un video clip donde alguien destroza la casa de alguien más. 
 Las mujeres tendríamos que ser más simples. Tenemos tantas cosas a nuestro favor: podemos usar accesorios, cambiar nuestro color de pelo sin prejuicios, pintarnos las uñas y votar. Podemos usar pantalones Y vestidos. Solo nos falta conquistar el terreno de la Play Station para dominar el mundo. Me pregunto si ese día seremos menos analíticas y podremos sustituir las películas de Jane Austin por horas de juego reparatorio. 
 Alguien una vez me escribió "Cosas que necesito decirte para no sentirme mal". Yo no puedo ni siquiera escribir cosas que necesito decirle al verdulero, mucho menos lo que me hizo mal. 
 De alguna manera tengo todo lo que quiero decir...parte dicho, parte en mi cabeza, parte en el cuerpo, en un blog, en canciones, tweets y sueños que no llego a registrar; parte está estacionada en mi placard, otra en mis accesorios y en un groupon de masajes. Tengo todo lo que quiero decir en la punta de los dedos...But nothing´s coming out. 
 "¿Escribiste la carta?" "Tengo todo lo que quiero decir, pero nada está saliendo".




lunes, 29 de septiembre de 2014

Fade into you...

 En la vorágine de mis lunes que empiezan 6.30 AM, no puedo dejar ir mi hiperconexión. Y, mientras corría de una punta a la otra de la ciudad, mis oídos captaron una frase que grabé como si fuera oro. Dos amigas en la mesa de un bar, café de por medio: "Vos tenés que hacer lo que te haga bien".
 Y no sé por qué captó mi atención. Claramente no fue por tratarse de una revelación; creo más bien que fue porque es algo que alguna vez me dijeron, que alguna vez dije y que alguna vez todas diremos. 
 No creo que sea un consejo sabio, creo más bien que es una frase que alguna persona escribió en un lugar recóndito del mundo para algún chocolatín de los que traen mensajes proféticos. 
 No necesito saber de qué hablaban estas dos amigas. Lo sé. Hablaban de alguna de esas encrucijadas donde no tenés idea de cuál es la respuesta correcta para el otro. Porque ¿Qué es lo que te hace bien? ¿Qué le hace bien al otro? ¿Hablaban de trabajo? ¿Hablaban de familia? ¿Hablaban de amor? ¿Qué es lo que nos hace bien?
 Si no hubiera estado, como siempre, tan apurada por llegar a algún lugar; me habría sentado ahí. Y después de un silencio introspectivo, les habría confesado lo que a veces no nos animamos a decir: "Vos tenés que hacer lo que te haga bien, el problema es que no sabés qué es". Porque si lo supieras, no estarías buscando la respuesta en el otro y, sobre todo, no estarías recibiendo esta frase. Porque ¿cómo sabés qué te hace bien? 
 Y no es que no podamos saber nunca cuando algo es bueno para nosotros; pero cuando buscamos la respuesta en una frase de chocolate Felfort, es porque lo que está bien no nos convence, y lo que queremos nos puede llegar a hacer mal. 
 Hace algunas semanas me di cuenta de que estaba leyendo mal algunos procesos. Pensé que tramitar era ver qué marcas los sucesos dejan en nosotros, para darme cuenta de que es al revés. No estaba preguntándome qué es el Otro para mí, estaba preguntándome qué fui yo para Él, qué quería. Mi cabeza reproduce el grafo del deseo de Lacan y lo llena de anotaciones. Y, por "anotaciones"; me refiero a signos de pregunta, corazones y algunos dibujitos. 
 ¿Qué le hace bien a una extraña en un bar un lunes? ¿Cómo llegás a un bar un lunes, a la situación donde la pregunta que no podés contestarte a vos misma se pronuncie en palabras de alguien más?
 Y supe lo que pasaba, porque somos más simples de lo que pensamos que somos. Supe que estaba en esas situaciones donde lo que quería hacer le iba a hacer tan mal, como no hacerlo. Como cuando querés comprar el blazer de Uma, sin que tu tarjeta sangre doce cuotas de 300$.
 No podemos salirnos del grafo del deseo, donde inevitablemente subyace la pregunta que nos mueve: ¿Qué me quiere el Otro? Y no sabemos qué nos  hace bien, porque no hay respuesta; más que las que nos inventamos para anticiparnos al cuestionamiento. 
 Me quiere vestida de Rapsodia, me quiere más inteligente, me quiere graciosa, me quiere con mejor piel. Me quiere bilingue, me quiere más joven, me quiere bien. Me quiere peinada, menos celosa, fanática de Messi. Me quiere capaz de prender el fuego para el asado, sin PMS, con pase libre los sábados. Y usamos tarjetas de crédito, leemos, nos envolvemos en cicatricure; usamos agua termal, leemos diarios extranjeros, nos subimos a tacos de diez centímetros, miramos partidos de la NBA. Todo para una pregunta que resuena, sin escucharse, más que en el fondo de una historia. 
 Me pregunto si de ahí nace el stalkeo virtual. Esta incesante tarea de averiguar cómo me quiere el otro, qué quiere de uno, hasta que uno desaparece ahí donde no se ve. 
 Y pienso. Pienso que lo mágico de las estructuras, es la posibilidad de permutar los personajes de los casilleros. Porque si el Otro fuera siempre encarnado por la misma "persona", desapareceríamos...sin posibilidad de saber dónde termina y dónde empezamos. "I would just fade into you".
 Pienso. Pienso que el día que conocí el grafo del deseo, supe que me iba a traer problemas. No entenderlo, fue lo de menos. 


lunes, 15 de septiembre de 2014

I don't need to hang on to heartbreak...

 Espero mi videncia gratuita online al ritmo de una canción de Celine Dion. Y elegí una canción que, junto con una sensación interna que me invade, se retroalimenta con mi pensamiento extrañamente positivo para el inicio de una semana que empezó a las 6 AM. Sentimiento todavía más extraño si consideramos que mi sesión de más de una hora de terapia incluyó una analogía sobre el espejo de la madrastra de Blancanieves y la confesión a mi terapeuta de que, cuando digo alguna maldad y ella hace caras, me siento juzgada. ¿Dónde voy a decir maldades crudas si no es en el lugar donde pago semanalmente? 
 Pero todo esto no importa. Juzgada o no, con ojeras o sin ojeras; mi espíritu está encendido esta semana. Me pregunto si es por la proximidad de mi cumpleaños, por el olor a primavera o porque hoy no tuve frizz en el pelo. Me pregunto si es por todo el ejercicio que estoy haciendo, por los regalos que me compré o por todas las velas que alguna abuela encendió por mi en algún lugar de Buenos Aires. 
 Temo que esta sea otra de esas sensaciones que dura tres días pero, honestamente, no me importa. Siento como si estuviera por recibir un regalo. Bueno, técnicamente lo sé, porque faltan quince días para mi aniversario natalicio. Pero, más allá de eso, hoy me levanté sabiendo que algo está por llegar. 
 Y sí, el cumbia ninja wannabe del colectivo a las 6.45 de la mañana opacó un poco mi esperanza. Pero no me dejo confundir fácil, es más que un guiño en un bus o un cincuentón que me deja pasar en el subte para tratar de darme charla. Es más que un reloj o un blazer bordado de Rapsodia. 
 Es Celine Dion, hablando metafóricamente. Porque cuando les dije que la esperanza es nuestro mal, me refería a la esperanza cristalizada en la proyección de nuestra propia película mental, encarnada en nuestras fantasías. Nuestro mal no es la esperanza, son las falsas esperanzas que nacen de recuerdos caprichosos. 
 "Mi corazón tiene que aprender a olvidar". Esa es la frase que me repito mientras como mi Danette diario y tomo nota de "When Harry met Sally". Porque básicamente descubrí la receta a varias de nuestras charlas. No se trata de anular la esperanza,  no se trata de no pensar. Y no, tampoco se trata de comprar el blazer de Rapsodia (Por ahora). Se trata de tener esperanza, pero genérica. 
 Es la industrialización de la esperanza. Es la muerte de los laboratorios que ponen etiquetas, es no pedir un ibuevanol o ibupirac; es consumir ibuprofeno. Es tapar la mira, para ampliar el panorama. No se trata de la lámpara, se trata de la luz...No se trata de una persona, se trata de "alguien", sin nombre. 
 No sé si son los "veinti" que se acercan, las gotas de lavanda en mi horno de barro o una epifanía del horóscopo que finalmente me dió una frase con la cual trabajar; pero creo que puedo estar acercándome a ese momento donde Celine Dion se siente orgullosa de esta fan que tiene solo uno de sus cd´s (rayado) y se sabe una canción y media (contando la de la Bella y La Bestia). 
 El tiempo pasa las hojas y, no sabemos cuándo, pero el amor nos encuentra. Y esta es la parte donde me alejo de Kung Fu Panda o Miyagi porque se acabó la esencia de la lavanda, y le aclaro al destino -> Que no venga en forma de plantar un árbol o la sonrisa de un anciano; que venga del bueno porque no leí tanto horóscopo y pagué tanta terapia para descubrir colores en el viento o ser feliz por una hoja que vuela en la montaña; no soy Pocahontas. 
 Volviendo a nuestro eje, "Love is on the way", o eso me prometió Celine. Ella lo siente, yo lo siento, nosotras lo sentimos. Dudo mucho que venga en alas de ángeles, Celine puede ser algo sentimental; pero no dudo que, si logramos desanclar la esperanza, nos encuentre. "Love is on the way" si no nos aferramos al corazón roto. Y no hay que esperarlo, hay que recibirlo (en el blazer de Rapsodia).

domingo, 14 de septiembre de 2014

Yo soy tu mal.

 ¿Cómo elegimos no esperar algo? "Por las dudas no esperes nada", "No te ilusiones", "MENTALIZATE". 
 Termino mi chocolate con maní de la tarde, miro con ojos en blanco el grupo de whatsapp en mi celular que regurgita consejos ideales y pienso en las frases de mis amigas.  Al mismo tiempo me pregunto cómo llegué a estos domingos de short y cacao, cómo llegó chocolate a la pared blanca y si me peiné hoy. Y me recuerdo a mi misma que, los domingos, vale todo (menos joggings). 
 Les pregunto a mis amigas desde cuándo creemos que controlamos lo que pensamos, lo que sentimos o lo que esperamos: "No nos mintamos MÁS...me mentalizo, pero no dominamos esa jungla de deseos que se esconde en algún lugar bajo litros de productos Elvive y Kerastase". 
 "No es mentirse, es asumir que no va a pasar y no dejar dudas para después no sufrir...ANULAR LA ESPERANZA". Y, aunque valoro los consejos de mis compañeras de género, e incluso las considero super sabias; en esta ocasión debemos agree to disagree. Porque convencerme de que no estoy añorando lo que estoy esperando, es intelectualizar. Y, aún cuando piense que vencí la esperanza y no estoy esperando lo que estoy reproduciendo en mi mente incesantemente; va a llegar el momento inevitable en el que la realidad me confronte con eso que aparentemente no tengo que pensar.
 ¿Anulamos la esperanza? No, negamos el deseo. Yo no puedo anular; mi mente se prepara constantemente para situaciones que pueden, o no, resultar de la manera que imagino. ¿Está bien? No, porque las situaciones no siempre se desarrollan como las deseamos. Y supongo que es eso lo que mis amigas quieren evitar, la desilusión de no poder poner en práctica los tantos escenarios que vamos ideando en nuestras cabezas. 
 Pero ¿ a quién engañamos? Yo no puedo elegir qué espero, de quién o cuándo. Con suerte puedo elegir lo que quiero para mi cumpleaños y, últimamente, ni siquiera eso. ¿Cómo elegimos no esperar algo? ¿Por qué hay que dejar de esperar? ¿Para no sufrir? Es irónico, considerando que el sufrimiento es un sentimiento inevitable para la raza humana. Sufrimos cuando se muere el hamster, cuando pierde Boca y cuando se rompe un collar; cuando el que querés no te quiere, te caes de la bici o te hacés un tatuaje. Desde la óptica de la desilusión, no tendríamos que aferrarnos a nada. Y sin embargo, henos aquí, aferrados a todo. 
 Nos convencemos, no elegimos. Nos convencemos, no elegimos qué pensar. Nos obligamos a focalizar la mente en algo más, creyendo que disponemos libremente de la energía que embebe nuestro pensamiento. Pero no mandamos, no somos gobernantes de nuestra mente en todo su territorio. Basta con pensar en los sueños, para saber que hay cosas que nos son propias y ajenas a la vez. 
 No mandamos en nuestra propia mente. Y así es que, cuando pierdo mi eje por unos minutos y algo me vuelve a traer a mi, me doy cuenta que estoy vagando por donde no tengo que pisar. Es como cuando en el boliche se te acerca un potro y para cuando le quisiste decir que "no", ya van bailando su tercer canción. Hay cosas que no podemos controlar. 
 No podemos controlar ciertas cosas y, aún así, en nuestro espíritu de grupo de autoayuda nos queremos autoconvencer de que tenemos el control. Creemos que tenemos el "poder de Grayskull". Pero chicas, si tuviéramos el poder de He-Man, si realmente tuviéramos EL PODER de la situación, yo no estaría escribiendo este blog, ustedes no estarían leyéndolo y no habría largas charlas a la luz de docenas de medialunas de manteca. No habría notas de voz en llanto, diarios íntimos, compras compulsivas o tarjetas de crédito, no existirían rondas de tequila, no habría que ir a terapia y seríamos felices con una sola cartera. 
 No tenemos el poder. No tenemos el poder de Grasyskull, del horóscopo, del subte o de la moda, No tenemos el poder de controlar cuánto chocolate o bizcocitos de grasa comemos, MUCHO MENOS tenemos el control sobre lo que pensamos o esperamos. Y no sé si nos controla alguna instancia psíquica como el inconciente, Voldemort o Luke Skywalker; no sé si nos controla la televisión o nuestra vida está configurada a lo Truman Show, si nos lavaron el cerebro los pequeños ponnies o Disney arruinó nuestra única chance de vidas emocionalmente sanas. Lo único que sé es que hay pensamientos y esperanzas que no manejamos, y eso nos convierte en seres vulnerables. Y hay alguna instancia psíquica en mi cabeza que, cuando intento no pensar en lo que mis amigas piensan que no tendría que pensar, se ríe y me da la razón...porque sabe que manda y tararea muy suave, "Ahora mando yo, y yo soy tu mal". 
 No es mi mal porque tenga que pensar, es mi mal porque no podemos anular la esperanza. Y es la esperanza la que manda por sobre la razón. Es mi mal porque sé que lo que pienso no va a pasar, pero ese día no voy a poder evitar esperarlo...Y ese es mi mal. 




sábado, 6 de septiembre de 2014

Can´t stop, won´t stop movin´

 Después de vivir algunos meses en la calma que antecede al huracán, llegué al movimiento. Y pasé de una resonancia magnética del cerebro a un pase anual en Megatlon. Porque mi mente funciona así, a todo o nada. 
 A veces creo que la fuerte conexión entre cabeza y cuerpo, puede convertirse en una relación jerárquica algo tiránica. El cuerpo puede apagar la mente, y  la mente puede marcar el cuerpo. Y la desconexión entre los dos pilares de nuestra existencia, desemboca en un caudal de baja energía que nos deja tiradas viendo capítulos viejos de "90210". 
 Yo me muevo a todo o nada. Y puede ser peligroso a veces; sobre todo cuando uno se embarca en proyectos donde, "todo", es imposible. Si no vas a ser Celine Dion, no hagas canto, si no vas a ser Manu Ginobili no juegues basket y si no vas a ser Carolina Herrera no diseñes ropa. No importa cuánto invierta en mi flexibilidad mental, mi superyó volvió a hablar. ¿Resultado? Pase anual en una red de gimnasios con clases ilimitadas. 
 Y, desde atrás, este Yo que se cree super va marcando a fuego un mensaje: Abdominales de acero y flexibilidad de Nacha Guevara. Pero ¿cómo convence a un yo que tiene alma de obesa y un resabio de trastorno alimentario? Fácil: Podés usar un top fucsia y esas zapatillas que compraste al pedo. ¿Entonces? Me levanto un sábado a las 8 de la mañana; me lavo la cara y me ato el pelo, que ya roza el largo indígena, lo más alto que puedo. Y me pregunto, ¿qué hace la gente cuando hace ejercicio? Compra agua, entonces compro agua y camino al gimnasio. 
 Despiertos están: los que vuelven del boliche, los que barren las veredas y yo. ¿Casi despiertos? Los homeless que duermen en cajeros y la que supo ser mi galería preferida. ¿Dormidos? Los felices. 
 Llego a una de las clases que elegí. Para mi sorpresa, la profesora tiene la edad de mi abuela y la onda de una super estrella. Cuatro viejas, una cuarentona, un potro y yo. Pensé que me iba a poder lucir con lo que queda de flexibilidad de mi época de gimnasta, pero para mi sorpresa el ejército de personas mayores está más entrenado que De María. Y pienso: Ok, me hacen quedar mal con el potro y ni siquiera tengo maquillaje ¿Entonces? Renuncio al potro y me concentro en mis abdominales. 
 Dos horas y media de clases después, con el alma en mi casa y más tonificada que nunca, habiendo renunciado al potro porque mi pelo no está donde tiene que estar; emprendo la retirada orgullosa de mi misma. Porque, aunque no fue mi primer día en la red y ya hice aparatos, no solo me desperté un SABADO, SOLA y FUI, sino que ENCIMA no compré nada en mi recorrido de cuatro cuadras por Avenida Santa Fe. 
 Y sí, sé que no compré nada porque los locales estaban cerrados. Pero a la vuelta estaban abiertos y solo paré en dos vidrieras. No solo eso, sino que la bulímica que nunca fui me insistía en comer dos alfajores triples o un chancho...hasta se conformaba con un tostado de Mac Donald´s; PERO tomé yogurt bebible. Y cualquier persona que me conozca sabe que el yogurt le pisa los pies al kiwi y el tomate entero en mi lista de "cosas que me hacen escupir". Y sí, tardé media hora reloj en tomar media taza de yogurt sin gusto, pero lo hice. 
 Y no sé qué tanto pueda mantener estas rutinas en mi vida. Por lo pronto mi Super Yo tiene un reloj que marca 12 meses. Doce meses y la esperanza de llegar a los 70 años con la piel de Nacha Guevara y la tonicidad de Iron Man. 
 Sea como sea, no voy a perder mi esencia. Las patitas de jamón y queso siguen en la base de mi pirámide nutricional, aún cuando tengan que convivir con lechuga. Voy a seguir comiendo un paquete de bizcochos de arroz gallo oro cada dos días y nunca voy a renunciar al charlotte. La única diferencia es que lo voy a hacer en mi mejor top turquesa (el cual no tengo y tendría que conseguir). 
 Y, mientras mi vida se encauza hacia el día en el que me den mi propio reality que compita con el de las Kardashian, tendré que conciliarme con la idea de la vida sana para seguir sosteniendo este esqueleto de metro setenta. 
 Mucha gente no me tuvo fé en mi firma de contrato por doce meses. Mi terapeuta, amigos y hasta creo que la comercial que me vendió el plan. "Hater´s gonna hate"...los cambios, son movimiento. Y yo me sigo moviendo, literal y simbólicamente. 
 Y algún día, tal vez en el verano, voy a tener un bronceado que brille como el sol y más flexibilidad que las septuagenarias, mi pelo va a quedarse en su lugar, y no voy a tener que renunciar al potro. No me juzguen, todas necesitamos algún tipo de incentivo a las 8 am de un sábado.  

Jaque al Rey...

            Hace tiempo empecé a experimentar una sensación. De esas que nacen del medio del esternón y te contraen como si fueras a echar...