lunes, 8 de febrero de 2016

Yo tenía otro plan, una historia mejor...

 A veces me sorprendo con lo rápido que pueden cambiar las cosas. Desde mi estructura, todo cae en casilleros que se unen para conformar planes. Por cada viaje, hay un Excel con solapas infinitas. No siempre están completas, pero la intención es lo que vale. ¿No? Gastos, fechas, día a día, outfits. Listas infinitas, la vida en solapas.
 Mis amigas se ríen de mi tendencia a agendar planes en mi celular. De mi necesidad de pedir días y horarios para poder prepararme, o de mi falta de disponibilidad. ¿De mi vida en solapas?
 Me pregunto si, en mi intención de simplificar, complico. Si en mi deseo de ordenar en solapas, escondo parte de los archivos. Tal vez es más fácil destinar a alguien una solapa, que compartir el documento. 
 Y en mi intención de controlar, termino haciendo la vida más difícil. Termino haciendo  research innecesario de obras under que ni siquiera quiero ver. ¿Es eso parte de este plan? 
 "No te puedo leer todavía". Y yo me quedo en blanco, porque en mi mente es tan fácil como mirar un excel. ¿Se supone que sea así de difícil leerse? Entonces me doy cuenta. Me doy cuenta de que esto es más complicado de lo que pensé, cuando vivimos midiéndonos. Y me doy cuenta de que no estuve tratando de leerlo, y definitivamente no quise que me leyera. 
 Tenía todo el fin de semana agendado. Tenía toda la semana organizada: Martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo. Martes stretching y cena, miércoles research, jueves teatro, viernes cena, sábado y domingo viaje. Pero, contra todo skill de planificación, todo se movió de lugar. 
 "Yo tenía otro plan". "No podés planear todo, no siempre funciona así". Me dijo alguien hace mucho tiempo, en esa época en la que se me borró el Excel sin back up. 
 Así y todo, tenía todo el fin de semana agendado. Una vez más; tenía otro plan y, otra vez, todo se movió. Horas de research en una obra que ni llegué a ver, ningún Excel que me ayude a armar el bolso del finde, el cumplimiento de mi (no)fantasía de ser botinera por un día y una cura de sueño. 
 Los planes cambian, y me pregunto si tengo que dejarlos o abrazarme a mis solapas. Es como cuando vas a Kosiuko por la camisa de flecos que creías necesitar. Llegás y atravesás todo el local en busca de la camisa. Sabés dónde está, sabés cuánto cuesta, sabés el talle.  Atravesás la tienda y ni mirás todo lo demás. ¿Por qué no mirás lo demás? Llegás a la camisa que forma parte de tu plan, y está colgada al lado de otra camisa que brilla. 
 Las encrucijadas de la vida. Pensabas que querías los flecos, pero hay una camisa que brilla. Te gustan los brillos, pero no hay solapa para eso. Vos tenías otro plan, una historia mejor. Una historia con flecos. Sin embargo, no podés dejar de preguntarte qué tiene esa otra camisa de especial. Y te preguntás. Te preguntás si será real o fantasía. Si aferrarte a lo que planeaste, planear de nuevo, o no planear. 
 Tal vez planeamos, para sentirnos seguros. Tal vez por miedo a que, lo que brilla, deje de hacerlo. Por ahí porque es más fácil caminar sin mirar todo el local. 
 El problema de planear, es que rara vez todo encaja donde lo proyectamos. Te probás la camisa de flecos, pero no es como pensaste que iba a ser. Insistís, porque no puede estar mal, es lo que se espera de la temporada. Pero algo no está bien con este plan.
 Los planes no siempre son perfectos cuando se materializan. En cambio, cuando las cosas se mueven, todo encaja. No hay forma de que algo salga mal, si nadie lo imaginó mil veces. Alguien se mueve y los planes se desfiguran; capturándonos en instantes que cambian todo. 
 No es que pretenda simplificar, pero no voy a hacer un Excel de la camisa de brillos. No podemos hacer Excels de casualidades. 
 Hace muchos años acepté un plan que nunca habría aceptado en un millón de años. Terminé en un bar siniestro de algún lugar recóndito de zona Oeste, viendo una banda de rock y mi vida cambió. En ese entonces, vi a alguien por pura casualidad y algo pasó. En ese entonces yo tenía también otro plan, una historia "mejor" (que definitivamente no involucraba un bar en Morón). 
 Nueve años después de mi primera casualidad, ya tendría que haber aprendido. Tendría que saber, que es mitad y mitad...y no controlo el Excel. Y que, aunque tengamos otro plan, no siempre es una historia mejor. 
 Te vi por pura casualidad. Yo tenía otro plan, una historia mejor. Flecos y brillos, menos mal que estamos en liquidación y no hay tantos caminos.






jueves, 28 de enero de 2016

Haven´t you heard?

 Últimamente reflexiono sobre el autoconvencimiento. Ese mágico pensamiento repetitivo y muchas veces infundado que nos mueve a abrir o cerrar historias. 
 Todo empieza conmigo, sentada en una mesa de almuerzo, intercambiando anécdotas y poniendo en juego preguntas existenciales. Y por preguntas existenciales me refiero a: Novelas, citas, temporada, vacaciones, la situación amorosa de Pampita y los romances de radio pasillo. 
 Situación: Alguien deja a alguien por un mensaje de whatsapp (Sí...esto es el 2016). A: "¿De qué signo es el dejador", B:"Aries". A: "Claro, obvio", concluye la pseudo astróloga. 
 Y yo, en silencio, mientras miro la primera y única comida casera de mi semana, reflexiono. "Claro, te dejó por un mensaje de chat porque es de Aries, no porque es medio tarado y tiene problemas interpersonales". Pero, a pesar de mi reflexión terrenal, no dejo de pensar en los signos de la baraja en la mesa. Entonces me doy cuenta, somos "autoconvencedoras". 
 Situación: Rapsodia me manda un mensaje de que está rebajando 40%, y yo, le creo. Entro, veo que bajó 300 pesos en un saco de 5000$, pero le creo. Creo que 300 puede ser el 40% de 5000; aún cuando sé que ninguna regla de tres simple va a respaldar esa cifra. ¿Por qué le creo? Le creo porque es más fácil clickear en la compra online pensando que estoy haciendo el negocio de mi vida. Le creo porque quiero sentir que Rapsodia piensa en mí cuando me manda ese mensaje y quiero experimentar la sensación de que nunca voy a encontrar una mejor oferta. O simplemente le creo porque genera menos culpa y responsabilidad autoconvencerme de que el precio que pago es el 60%. del valor.
 Nos autoconvencemos. Él es un boludo que te deja por mensaje de whatsapp, el otro tenía novia  y vos nunca te enteraste, alguno es gay y ni te diste cuenta, otro personaje te hace pagar la cuenta y nunca falta el pibe que te asigna un día. Pero no, no estás implicada en la situación, no hay forma de que hayas podido tener algún tipo de control o responsabilidad sobre esto. No es que vos no te diste cuenta, que dejaste que te dejen por mensaje, que siempre respondiste en ese día con el que te caratularon o que te sobreadaptaste. No, él es de Aries, no había nada que pudieras hacer. Era el destino. 
 Nos autoconvencemos porque es más fácil escuchar de una extraña en una mesa que el signo de alguien define infinidad de situaciones con personajes diversos, a pensar de verdad. Él es de Aries, con razón, listo, cerramos el libro. ¿El que te rompió el corazón era de Escorpio? Olvidate, no hay nada más que analizar. Aparentemente hay que apuntar a Tauro y, dicen, que los Acuario son algo sensibles. Alejate de Escorpio y no le des tu número de Whatsapp a Aries, así te deja face to face.  
 Nos autoconvencemos. Nos convencemos de que las liquidaciones liquidan y que los signos definen. Y, cuando algo nos mueve, es más fácil inventar explicaciones pseudo lógicas, de poco contenido e irrefutables; a pensar que el otro es un boludo porque lo dejamos ser o porque nosotras aportamos de lo nuestro. ¿Qué hago pagando miles de pesos en terapia? Todo lo que necesitaba era un tupper y una extraña. 
 Me pregunto si es el precio que pagamos por querer comprar lo que nos venden al "60%" no termina siendo más caro de lo que pensamos. Porque nos autoconvencemos de que no estamos implicadas y repetimos patrones. Te van a volver a dejar por mensaje, te van a volver a asignar un día y yo voy a pagar como 7000$ por un saco que salía 5000. 
 Y no es que siempre tengamos culpas pero, tal vez, sí responsabilidades. Digo, tal vez no es que X haya tenido miedo de decirle a Y a la cara que no la quería ver más. Por ahí X era fóbico e Y no supo ver los indicios, solo supo mirar para atrás y rotularlo como "Aries". Tal vez, el e mail de Rapsodia decía "4%" y mi deseo le agregó un "0". Tal vez, todas las pistas de que alguien tenía novia, estaban ahí y no las quisite ver. Por ahí te tendrías que haber dado cuenta cuando solo te llamaban los jueves que eras "la minita de los jueves". Por ahí, "Aries", solo es un CD de Luis Miguel...que ni siquiera escuchamos. 










lunes, 18 de enero de 2016

I must not chase the boys...

 "Todas las historias (de amor) son raras cuando las mirás más de cerca". Damn it. ¿Por qué siempre empiezo los lunes con jaques a mis certezas?
 Una buscapina compuesta, ningún collar, un rodete y una cartera que no combina con mis zapatos. CERO ganas de ir a terapia, dos intentos de escape del subte en el camino, una hora cuarenta en el diván. 
 Mi psicóloga odia que use la palabra "normal". A veces me pregunto si es porque no existe, o porque soy la última persona pisando la Tierra que debería usarla. "Es una historia (de amor) rara". 
 ¿Qué sería una historia (de amor) "normal"? ¿The Notebook? No, no creo que queden hombres que escriban cartas de puño y letra, mucho menos que te construyan una casa con sus propias manos. De hecho empiezo a preguntarme si quedan de los que saben cambiar lamparitas. 
 ¿La boda de mi mejor amigo? No, Julia Roberts nos enseñó que no hay nada normal en probarte el anillo de compromiso de alguien más. ¿When Harry met Sally? Por favor, después de ese viaje en auto no hay chances de que esas personas se vuelvan a llamar. ¿50 sombras de Grey? Eso no tiene NADA de "normal". 
 ¿Because I said so? Mmm no. Dudo que sus mamás les consigan uno, mucho menos dos, hombres online. ¿Highschool Musical? Si el otro canta sobre cada cosa que les pasa, corran, sería poco convencional, pero definitivamente nada "normal". ¿Cartas a Julieta? Imposible, pero es una buena fantasía. 
 "Todas las historias (de amor) son raras cuando las mirás de cerca". ¿Qué es lo que quiso decirme? ¿El amor es raro? ¿La gente es rara? Quiso decirme que todo es raro, cuando no existe lo "normal". 
 Tiene razón. Tiene razón porque no conozco a nadie igual a nadie. Y déjenme decirles algo, estamos jodidas. Estamos jodidas porque absolutamente ninguna regla de las que nuestro clan elucubra se aplica al campo de acción. 
 Intento hacer investigación de mercado y, mientras más investigo, menos conclusiones saco. Nunca llego a entender lo "normal".
 ¿Qué significan los likes en Instagram? Sujeto 1: Arte. Sujeto 2: Significa que tenés que darle like y te va a hablar. Sujeto 3: NADA. Sujeto 4: Depende. ¿Es una foto de comida, tuya o de tus amigas? ¿Hay un paisaje, un perro o un helicóptero? 
 Entonces, si es artística es apreciación pura de tu espíritu libre; pero si es de tus amigas le gusta alguna. Si es de comida puede ser que tenga hambre, que piense que sos la próxima master chef o que quiera invitarte a cenar. Si es de un perro está pensando en adoptar uno, admira tu cariño hacia los animales o le parece graciosa tu mascota. Si es de un paisaje está pensando en ir a escalar y si hay un helicóptero es su gen fierrero. 
 "¿Para qué usan Facebook?" Sujeto 1: Para levantar. Sujeto 2: Para escuchar música. Sujeto 3: Para boludear con amigos. Sujeto 4: 1, 2 y 3 juntas. "Pero los Likes de Facebook, son otra cosa". 
 "¿Los likes de Facebook son otra cosa?". Sí chicas, son distintos, no sé si alguien les hizo creer que los cobran o que quedan más expuestos, pero...son "otra cosa". Porque, aparentemente, son más privados/públicos (Weird, I know) y disponen de menos. "Si te pone Like en Facebook, te va a hablar. Ponele un Like". 
 En teoría te pone un Like para cultivar el terreno, vos tenés que ponerle Like (o no) y en dos días te habla, o tres. Pero, si vos no ponés like, pasaste por abajo de una escalera y el año es bisiesto; puede fallar. 
 Y acá estamos, haciendo malabares y pensando que en el 2016 algo puede ser "normal". Mientras para leer interacciones tecnológicas necesitamos una bola de cristal, el telekino de mañana, un compás, la escuadra y saber multiplicar por tres cifras. 
 Tenés que contar cuántos likes te puso, pensar la ubicación de Júpiter ese día; diferenciar si había un paisaje, una amiga, un mamífero, un reptil, comida, un medio de transporte o una frase. Tenés que entender su comportamiento en cada red social, unir los puntos cardinales de cada click y hacer una base en Excel para cruzar su fecha de cumpleaños con la tuya, el origen de su apellido, y su talle de zapatos. Y después de eso, tu cerebro muere. Muere porque toda la energía que usaste en este análisis hizo que te olvidaras de respirar. 
 No nos contesten más. No hay reglas, no hay "normal". ¿El aprendizaje del estudio de mercado y de la historia? No hay "normalidad", solo hay historias raras de cerca. No hay un patrón, esto no es Harry Potter donde cada uno tiene asignado un animal que caracteriza su hechizo. No hay un manual, no está en Wikipedia, no está en una canción de Cher, no hay certezas. 
 ¿La moraleja de la historia? No tenemos que perseguir a los chicos, no tenemos que forzar su comportamiento en estos moldes como si fuéramos a coser una pollera. 
 No tengo que preguntarles más mi característico: "¿Qué significa... (Insert multiplicidad de dudas aquí)?". Y ellos no tienen que contestar más, porque nos confunden. Sí, en el 2016, nosotras también nos confundimos. Más terreno cedido. Cuiden las carteras, porque en cualquier momento empiezan a usar accesorios. Cuidemos a Zara, porque lo único que nos falta es que se dedique solo a la indumentaria masculina. 
 ¿La moraleja de la historia? No tenemos que perseguir a los chicos. Hay que dejarlos ser. Con sus Likes arbitrarios, sus mensajes a las 5 AM, sus arranques aislados de romanticismo y sus nuevas mañas.  Después se preguntan por qué hacemos investigaciones de alto calibre y elaboramos hipótesis super hiper complejas (OK. Stalkeamos, a veces...), pero no es nuestra culpa, es culpa de la Encarta que se olvidó de explicarlos. 
 No tenemos que perseguir a los hombres. Tenemos que aceptar que no hay nada "normal" y que todo es raro, cuando lo mirás de cerca. 

  
















miércoles, 9 de diciembre de 2015

I can do better than that...

 A veces me pregunto qué transmito a extraños en distintos escenarios sociales. ¿Qué es lo que hace que me quieran regalar confesiones o "lecciones" de vida?
 A los 20 años, mi peluquero me contó a detalle la historia sobre cómo su hijo le contó que había perdido su virginidad. Lo que quiere decir que, en algún lugar de este mundo, transita un ex adolescente con una historia de virilidad deformada por su fantasía; de la cual yo, en plena iluminación, me enteré en su versión original. 
 A los 6 años, consolé a una adolescente que lloraba en el colectivo porque había cortado con su novio. Y, mientras le acariciaba el pelo, ella me regaló una especie de dibujos que le había dado su "ex". Los guardé en mi campera inflable azul por mucho tiempo, preguntándome si habrá podido dejar de llorar por un hombre que, claramente, no tenía futuro artístico. 
 Hace unos meses le di una carilina a un chico que acababan de despedir y sollozaba en pleno microcentro. Hace 8 años, le regalé un agua a una mujer que lloraba en un banco. Un año después, compartí dos horas en el micro más siniestro de mi vida, recorriendo de Sacramento a Reno con una señora que me contó sobre las dificultades de aprendizaje de su hijo. La misma señora me preguntó después por qué era blanca y hablaba tan bien inglés, si era de Argentina. 
 La gente me cuenta cosas, no me piden historias a cambio, no me piden consejos o que nos hagamos trenzas. Supongo que, a veces, es más fácil hablar con un extraño con cara de confiable y un par de oídos en funcionamiento. 
 Hoy tuve un día intenso. Intenso como cualquier cúmulo de 24 horas que bese de cerca un fin de semana de cuatro días. Apenas si me acordaba mi nombre y dos contraseñas, me olvidé cómo era usar zapatos y no estar en bikini. Y cada segundo de mis 9 horas laborales, cobró su peso como minutos eternos. 
 Terminé mi rutina, airosa y con el pelo ya en un rodete. Para variar (literal) fui al super. ¿Por qué variamos? Odio hacer filas con todo mi ser, por lo que opté por hacerme la viva y no hacer la cola express. Porque, en mi mente, iba a ir más rápido atrás de la pareja adulta de la caja 2. ERROR. 
 Formo fila, con mi canasto desordenado de cinco items. Algún astro se apiadó de mi y tuve señal en el celu, por lo que pensé que iba a tener un minuto de ocio. ERROR. 
 No hay ocio de pensamiento en la mente de un neurótico. Hiper permeable a mi entorno, logré escuchar una conversación de la persona que hacía fila atrás mío. 
 "Fue mi gran amor de la adolescencia. Y nos reencontramos, después de mil años. Las vueltas de la vida". "Chica esperanzada" (Tengo que nombrarla de alguna manera), le contaba su historia de amor a alguna conocida del otro lado de la línea. No se veían hacía dos años y estaban haciendo planes para juntarse a intercambiar estos romances resucitados y efervescentes. 
 Me pareció una conversación más que interesante para terminar mi día. Tengo que confesar, que hasta me transmitió su entusiasmo. Claro está, yo no tengo romances adolescentes para resucitar en mi prontuario, pero me gustó su concepto de "Las vueltas de la vida". 
 Y, mientras pensaba, en amores suspendidos, en si pagar con débito de un banco o el otro, en mi pelo, en los reencuentros que nos unen con historias de años, y miraba Instagram; él me habló. 
 "Él", o el "Desesperanzado del amor". Parado adelante mio en la fila, mirándonos de reojo. Lo vi tirar un papel al piso y presté atención a sus zapatos que tenían algo de polvo como si vivieran al fondo del placard y nadie los sacara a pasear. Él, un señor de unos 70 años, despeinado, bien vestido, pero desarreglado de alguna manera. 
 No quería mirar al desesperanzado del amor pero, vislumbró mis oídos, y refunfuñó al compás de cada palabra de su mujer que ponía las compras en la cinta del super. Refunfuñó una, refunfuñó dos, refunfunñó tres; y lo miré. Lo miré con mi mejor cara de "Te escucho". 
 Se me acercó un poquito más, y olí Brahma en su aliento, pero no bajé la mirada. Miró a su mujer, y me miró. "A los 15 años, Cecé, la mamá de uno de mis amigos de esa época me dijo algo. Tenía 8 hijos, y yo le pregunté cómo era estar casado. Casate y verás, me dijo Cecé". 
 OK. Querido Mundo: vengo de una conversación esperanzadora del amor. ¿Hace falta que me hable el grinch de la Brahma? 
 "Muy bueno ¿No? Casate y verás". Creo que lo repitió tres veces. Empecé a preguntarme si A) Estaba tratando de procesarlo él mismo. B) La Brahma en su cerebro le hacía olvidar lo que me decía o C) Me quería pedir matrimonio.
 "Bueno, entiendo que lo viste", le dije mirando con un ojo mi smart phone y con otro su flequillo. Entonces, empezó la catarsis. Treinta y cinco años de matrimonio, ella no lo deja elegir qué comprar. Él quería comprar atún, ella decía que era muy caro. Ella quería pollo, él carne. Él quería Brahma, ella llevaba Busweiser. Ella tenía todo ordenado en su billetera, él no encontraba su tarjeta Cencosud en un bollo de billetes de 100 pesos y algunas tarjetas de negocios. 
 "Treinta y cinco años. Deben ser bodas de algo. Hay bodas de algodón, de plata, de oro. No sé si voy a llegar a las de oro, no lo pienso", refunfuñaba hacia ella otra vez cuando la veía sacar cosas del carrito que él había puesto ahí. 
 "Bueno, son muchos años, algo debes haber visto, que estuvo bueno", le dije volviendo a mi celular. 
 Y la historia sigue, con miradas complíces entre la cajera y la esposa que, entre distintos tonos de rubor, le confesó que era imposible salir con él cuando tomaba. 
 Y ahí estaba yo. Una vez más, embelesada entre historias que extraños me regalan. Atrás, la esperanza del amor que renace de la reminiscencia. Adelante, el grinch del matrimonio con olor a Brahma; tratando de convencerme de que él, en esa  historia, no tenía nada que ver. Porque no podía dejarme con la frase de Cecé (Casate y verás), él quería que viera. 
 Y no pude más que pensar, que a mi me puede ir mejor. Que hay que poner el atún en el carrito, pero conceder al otro la Budweiser. Que las vueltas de la vida, son vueltas, pero que uno se sube o se baja.
 Pensé que cuando Cecé le dijo hace 55 años, "Verás", no hablaba de refunfuñar en un supermercado. Que le quiso decir que son vueltas, donde reconfiguramos permanentemente nuestros sentidos. O, tal vez, le quiso decir que siempre nos puede ir mejor. 
 Y pensé sobre lo que quiero, que no es para nada como eso. Porque no se trata de cortarse el pelo, cambiarse los zapatos o escuchar la misma banda. No se trata de bajar la tapa del inodoro, mirar las noticias, bailar el mismo ritmo o tener los mismos gustos. Se trata de que no refunfuñes sobre lo que el otro saca de vos en la fila del super con una extraña. 
 No se trata de un compromiso de por vida, bajar todas las defensas o presionar. Se trata de pasar la vida pensando en lo que es bueno de uno y del otro. El grinch desesperanzado del amor, veía el atún afuera del changuito, pero no vio que ella llevó Brahma Y Budweiser. 
 A mi me puede ir mejor. Mientras tanto, llevo atún y Stella.  


















miércoles, 2 de diciembre de 2015

Cuando tu vas...yo vengo de ahí.

 Milenariamente a las mujeres se nos ha asociado a este extraño concepto socialmente compartido que llamamos HISTERIA. Y, mientras Freud se retuerce en su tumba ante la prostitución de esta neurosis que tan maravillosamente supo conceptualizar; yo puedo separar la jerga, del Psicoanálisis. 
 Pero ¿Qué es la histeria como la concebimos mundanamente? Es el sí, que significa no; el no, que esconde un sí. Es la provocación, por provocar; la manipulación, con el fin de confundir. La actitud interesada, con el fin de despertar un deseo en el otro; que no estamos dispuestos a "satisfacer". Y uso comillas, porque el deseo se llena de ilusiones, pero nunca se pierde como motor. Iluso como él solo, se cree colmado por microsegundos, con apenas un roce de sus aristas. 
 La "histérica" en la historia, ajena a cualquier seminario de Lacan, es el encuentro y la fusión perfecta entre la provocación de una vedette y el espíritu de "My little Pony". Es el matrimonio entre el look secretarial de oficina, y las promesas de un día en la Mansión de Playboy. 
 Creíamos que era muy complejo que la estructura mental masculina pudiera constituirse en una neurosis histérica. Ilusas, creímos ser dueñas de la deformación social de este concepto que destrozamos a partir de nuestras conductas de cortejo. 
 Pero NO. Aparentemente en el año 2015, ya ni siquiera somos dueñas de ese rótulo social que el género supo cargar (justa o injustamente). Queríamos equidad e igualdad de condiciones. Logramos votar, usar pantalones, manejar, gerenciar empresas, ser íconos sociales y ganar premios por nuestros logros académicos. Logramos presidencias, pilotear aviones y conducir los premios Oscar. Pero, en el camino, todavía no logramos gobernar la Iglesia o sentirnos seguras en pollera a las 12 de la noche. 
 Peor todavía es esto que descubrimos recientemente en un grupo de investigación sociológica muy serio y académico; interdisciplinario, con una muestra perfectamente recogida de casos altamente analizados. Bueno, truth be told, es un grupo de WhatsApp. Pero lo de interdisciplinario y muestra perfectamente recogida y analizada, es 100% real (Cross my heart). 
 ¿Qué descubrimos? O mejor dicho, ¿con qué nos volvimos a encontrar? En nuestra liberación, hemos perdido el derecho a la histeria. 
 Por años la frase "Sos una histérica", ha estado solo pronunciada en su versión femenina. La incorporamos tanto, que hasta nosotras mismas supimos reconocer aquellas actitudes de "minita", llegando incluso a advertirnos mutuamente para no caer en este clisé constitucional de nuestra hermandad. "No le histeriquees", "No seas histérica", "Sos la Gata Flora". Y sí, su  base constitucional supo ser algo despectiva, pero no todo era malo. 
 No todo era malo porque, con el correr de los años, la equidad intelectual que nos supo ganar tantos lugares, nos ayudó a usar la histeria a nuestro favor. Porque, en todo síntoma, hay una ganancia secundaria. Y, en una veta que besa un poquito la psicopatía; lo que al otro le molesta, puede convertirse en un arma (de doble filo). 
 Entonces aprendimos. Aprendimos que si querían llamar a cierta falta de decisión, intermitencia o coqueteo, "histeria"; podíamos vivir con eso. Aprendimos que las acciones precedieron al concepto, y que la necesidad de conceptuar nació en la eficacia de estos artilugios. 
 Porque les molestaba que apareciéramos y desapareciéramos, porque les gustaba. Porque les gustaba que un no, pudiera estar buscando mayor interés, con el fin de gestar (eventualmente) un sí. Porque les intrigaba la mezcla de vedette, con la pizca de científica y la inocencia de "My Little Pony". 
 Pero, algo que teníamos bien claro, era que estas artimañas eran una estrategia inicial, y NO una forma de ser. Su prolongación en el tiempo, bien sabemos, es poco aconsejable para la salud mental intra e intersubjetivamente hablando. 
 Perdimos la "Histeria", la perdimos. Supongo que fue una cesión de facultades, o tal vez un robo a mano armada. Por ahí, ni nos dimos cuenta, y de a poco empezamos a revelar esta misteriosa magia que heredamos de alguna civilización previa a los Mayas, o de algún grupo de Hechiceras de la edad media, o de algún burdel de mala muerte. 
 Perdimos la "Histeria". Esa es la conclusión de este grupo interdisciplinario tan bien formado y analítico. Perdemos la histeria, perdemos el control. 
 Hombres interesados, mensajes claros y contratos firmados, abren el camino a brotes ciclotímicos por distintas redes sociales que, cual delirio de Schreber, son indescifrables. Hombres afligidos por no saber lo que queremos, desinteresados cuando jugamos a ser lo que su deseo anhela. Hombres que lloran, cuando decimos claramente que no. Que se quejan y patalean, no nos quieren ver más, dan paso a la calma, y vuelven pataleando. 
 Y nos sentimos extirpadas de un derecho. ¿Qué sigue? ¿Vamos a tener que darles flores? ¿Pagar todas las citas? ¿Usar corbata en las fiestas? ¿Aprender a arreglar el motor del auto? De ninguna manera. 
 De nuestros poderes de cortejo, nació este concepto pseudo psicoanalítico (Perdón Freud, te quiero). Y de nosotras va a nacer su versión punto cero. Cuando ellos van, nosotras ya volvimos.  Venimos de ahí, construimos la "histeria". La clave de desarmar un dispositivo, es entender cómo está construida su estructura. 
 No les vamos a dar flores, ni vamos a llorar por sus intermitencias, la falta de claridad o el "no" que reaparece al mes como un "sí", un "tal vez" o una cita a medio definir. No vamos a asumir que hicimos algo mal por no contestar un mensaje de Whatsapp o escuchar reproches de "minito". 
 Cuando ellos van, nosotras venimos de ahí. Si se enojan, que se enojen. Si es un "puede ser", que vuelvan cuando sea. Si es un "sí", que nos digan cuándo. Y si es un "no", es un adiós para siempre. 
 Cuando ellos van, nosotras venimos de ahí. Y, si bien ladrón que roba a ladrón, tiene mil años de perdón; no queremos volver al punto de partida. A nadie le gustan los items de segunda mano, salvo que sea una Louis Vuitton. 
 Nos robaron la histeria pero, si venimos de ahí, es porque ya fue. Y cuando vayamos a lo próximo, ellos van a seguir ahí. Al menos, hasta que el alumno supere al maestro. Porque, por ahora, solo "creen que nos pueden confundir". 











domingo, 29 de noviembre de 2015

Se repite lo de ayer, anteayer y el mes pasado...

 Este Blog tiene una plantilla de "Números". Para sorpresa de muchos, es una plantilla que visito mucho; porque soy esa Psicóloga que, contra todo pronóstico, gusta un poquito de la estadística.
 Del 100% de mis posts, les compartí solamente el 76%. Eso quiere decir que publiqué 125, de 164 que escribí. 
 Gráficos de barra, visitas, contadores, fuentes de tráfico, colores, comentarios. Todo tipo de información, en toda clase de formatos. ¿No sería genial que alguien hiciera esa plantilla de nuestras vidas? Indice de productividad, de alegría, flujo de outfits usados para no repetir tantos patrones. Gráficos que muestren qué compartir con cada lector, cuándo, cómo. Estadística. 
 Como nunca concreté mi profesión frustrada: Hacker, no puedo saber quién lee esto. Pero sí puedo saber cuántos leen, qué y cuándo. Y hay algo que me llama mucho la atención. Hay días; semanas y, a veces, hasta meses que no escribo. Así y todo, alguien sigue entrando. 
 Me intriga mucho quién o quiénes querrían leer posteos de hace dos años, un año, seis meses. Me invita a leer eso que escribí hace tanto tiempo y preguntarme qué es lo que lee esta persona interesada, o con tiempo extra. ¿Por qué leerías retazos de una línea de tiempo?
 Y tal vez es un chico en Taiwan, una chica en España o mi mejor amiga en San Fernando; pero en mi mente femenina, un poquito neurótica, es alguien en particular. 
 "Tengo miedo que lea mi blog", le digo a mi Psicóloga mientras tiro mi cartera naranja sobre el costado izquierdo de mi falda, me suelto el pelo y me saco un lente de contacto que me molesta. Le creo poco cuando me hace contarle sobre qué escribo. ¿Qué profesional de la mente te pregunta la URL de lo más público de tu mundo privado y no lo lee? Una cara y buena aparentemente. Me queda mucho por aprender de esta mujer, o aunque sea cómo resistir el stalkeo en el 2016.
 En nuestro imaginario, los seres pensantes, construimos infinita sarta de explicaciones forzadas y malinterpretadas ante ínfimas pruebas. Así, una pibita de (posiblemente) Nebraska lee posts viejos, y yo invento que es alguien que deseo me preste atención. 
 Y esta es una situación concreta, pero se posa sobre una plantilla que hace al funcionamiento de muchas estructuras mentales. Es una funcionalidad algo defectuosa de la psiquis, que suele maquillar y presionar hechos que no encajan, en razonamientos irracionales. Como cuando alguien de tu sala te peleaba en el jardín y tu mamá te decía que solo quería ser tu amiga. Es mentira y, así como esa nena te odiaba, este Blog lo está releyendo una pibita de Nebraska.
 Pero; se repite lo de ayer, anteayer y el mes pasado, y tu mente cambia a la pibita en algún lugar remoto del mundo, por alguien a quien delirantemente querés atribuirle interés en vos. Así, dejás atrás la situación realista donde alguien en México googleó una canción de Jessy y Joy y llegó a tu Blog. Acto seguido, das la bienvenida al invento mental de que alguien que A) Tiene tu número de Teléfono, B) Te tiene en tres chats distintos (o más): Facebook, Instagram Y Google Chat y C) No hay C, te tiene en todass esas redes sociales sos perfectamente stalkeable y accesible a cualquier tipo de charla; esté leyendo el Blog más minita del mundo. 
 Se repite lo de ayer, anteayer y el mes pasado. Porque tu mente tiene todavía herramientas de autopreservación e, involuntariamente, es aliada del tratamiento terapéutico en el que tanto invertís. 
 Se repite lo de ayer, anteayer y el mes pasado. Y probablemente la "pibita de Taiwan", esté leyendo mucho material confuso, viejo y caducado. Pero, posiblemente también esté leyendo mucho material repetido porque "(...) todas las historias terminan hablando de amor". 
 Y a vos querida "pibita de Taiwan", persona de mi interés (fingers crossed) o mamá (es una posibilidad también), no es preocupante que recortes este Blog, por su contenido; sino por la continuidad de su historia. 24% no está publicada, 70% está caducada y 6% está en movimiento. 
 ¿Cuántas veces somos la "pibita de Taiwan"? Tratando de interpretar al otro desde algún lugar remoto, por retazos que ni sabemos si lo representan, aún cuando tenemos acceso directo a más de tres redes sociales, skype, face to face, señales de humo. Somos poco claros, nos quedamos en una estadística mal hecha y repetimos "lo de ayer, anteayer y el mes pasado".
 Este Blog me da Estadísticas, pero no me alcanzan para saber quiénes son. Supongo que la persona que me dijo que podemos conocer todo a través de esta disciplina, se equivocó. Aunque sea eso voy a creer, hasta entender por qué repetimos lo de ayer, anteayer y el mes pasado (o el año).











 

miércoles, 18 de noviembre de 2015

La misma piedra que hubo siempre...

 Hace no mucho tiempo, alguien me resumió su vida amorosa en una línea de tiempo muy clara y ordenada, concisa e ilustrativa. Si hubiera sido una entrevista laboral, podría haber abstraído una idea muy nítida de algunas de sus competencias. Pero, las entrevistas, no involucran vodka puro (Al menos las mías).
 Me llamó mucho la atención la capacidad de esta persona para resumir la historia de su corazón en tan pocas palabras. Casi como un electrocardiograma relacional. Sin detalles de culebrones, nada novelístico al estilo María la del Barrio o Muñeca Brava. Cuatro historias, cuatro sentimientos diferentes, cuatro rupturas diferentes, pero desenlaces similares.
 Admiro mucho a las personas que tienen la inteligencia emocional suficiente como para repetir historias, más allá del melodrama que, para otros, puede ser tan difícil de procesar. Y me hizo pensar. Me hizo pensar en esta posición donde nos ubicamos algunos, para protegernos de esos amores de novela tan complicados. 
 Para una persona que habla mucho, hay varias ocasiones donde me quedo sin palabras. Como si se borrara todo mi disco rígido, como amnesia circunstancial o mutismo selectivo. Usualmente me pasa en esos momentos donde el otro quiere escarbar en archivos que no tienen back up y que mis defensas quieren proteger. 
 Cuatro historias de amor, para alguien que se enamora como Gabriel Corrado en Perla Negra, como en las novelas. ¿Qué es lo que admiro? La valentía al enfrentar la posibilidad de cruzarse con la misma piedra. 
 Y mi psicóloga, en representación de mi entorno, me advierte. Me advierte porque en estos escenarios, mis pelos se erizan ante la amenaza del sentimentalismo; y me encapsulan en la proyección de un "A mi eso no me (va a volver a) pasa (r)". Ella llena los paréntesis, yo verbalizo las defensas. Dejo que mis defensas tomen control de la conversación y termino haciendo apología de una pseudo neoliberación femenina, que ni yo entiendo. O, peor, me quedo callada mirando al vacío y salgo con un tema random y desactualizado, como la salida de Ventura de Intrusos.
 Tropezamos con la misma piedra que hubo siempre. Diferentes nombres, caras, historias, contextos; misma piedra. Muchas veces, nuestros reflejos nos hacen evitarlas. ¿No será que, tal vez, no estamos todos listos para enamorarnos como en las novelas?
 "A mi eso no me pasa", es mentira. A todos nos pasa. ¿Quién no fue la encarnación misma de Marimar alguna vez? ¿Quién no le miró el anular a un potro en el subte? ¿Quién no escribió una nota de amor? ¿Quién no se compró una remera nueva cada vez que iba a cruzarse con una "piedra"? ¿Quién no escuchó una canción en repeat?
 Y, tal vez, la restricción defensiva de mis archivos me esté volviendo inaccesible. O tal vez tenga que superar esta actitud de "Lo hecho, está hecho", y aprender que aceptar enamorarse como en las novelas, nos vuelve más accesibles al otro. 
 Y esto es lo que yo no pude compartirle. Tres momentos "Thalia", tres historias diferentes, "la misma piedra que hubo siempre". A los 7 años, lloré por primera vez por un hombre, bueno un nene. Al otro día me compraron una Barbie, y lo superé. Creo que ni siquiera habíamos hablado, lo cual explicaría mis fugaces enamoramientos de Subte. 
 A los 18 años lloré por segunda vez por un hombre, bueno un adolescente. Nos hacíamos reir, teníamos la misma película preferida y una vez me cocinó. El quería dedicarse a estudiar para seguir su vocación y yo no sabía nada sobre la mía. Nos dejamos de hablar, para descubrir con los años que nuestro plan de ser médicos y vivir en el campo, poco tenía que ver con lo que queríamos. Me compraron un nuevo celular, y lo superé. 
 A los 27, lloré por tercera vez por un hombre, sin salvedades. Nos conocimos en esa edad en la que uno idealiza al otro, y nos despedimos cuando poco teníamos que ver con lo que habíamos proyectado. Me compré un nuevo placard, aprendí a pagar las expensas por home banking y lo superé. 
 Tres historias, tres "lo superé", que desembocan en siete años de terapia and counting. Porque no hablamos neutro, no vivimos en una isla, no nos hacemos millonarios por una herencia desconocida. No nos conocemos en un choque de autos, no nos auspicia Pol-K y no nos transmite Telefé. No se para el mundo cuando se cruzan nuestros ojos, no hay entradas con vestidos de gala o anillos de diamantes. Pero hay novela, definitivamente. Todos nos enamoramos como en las novelas. 
 Hay novela, porque hay melodrama. Porque, cuando termina la historia, todos sufren a su manera. Pero vuelven a intentar. Algunos en seguida, porque aman el papel protagonista. Otros, necesitan más tiempo, para poder tropezar con "la misma piedra que hubo siempre".  


Jaque al Rey...

            Hace tiempo empecé a experimentar una sensación. De esas que nacen del medio del esternón y te contraen como si fueras a echar...