lunes, 14 de marzo de 2016

Si sobrevivir, fue como morir.

 Los lunes se tratan de supervivencia, salvo dos excepciones. A) Estás de vacaciones, B) Es tu cumple. No estaría siendo el caso, por lo que básicamente me dediqué a transitarlo. 
 Me tocó compartir muchos silencios a la mañana con un extraño. Los silencios no son mi fuerte, así que me dediqué a hacer bastantes preguntas. Veintidós años de matrimonio, tres hijos, un perro, una casa, caminatas en la isla y un velero. 
 Le cambié café y mi cara de dormida a este desconocido, por su historia de amor. 
 "No había celular, no había internet, no había nada. Por las vueltas de la vida me tocó atender el teléfono". Hablaron por un año, cada vez más y más. No le había visto la cara, pero sabía que quería conocerla. Dejaron de hablar por un año, y un día la fue a buscar a su trabajo. Buscó un teléfono público y la llamó. "Estoy abajo, parado adelante de mi Peugeot gris". 
 Me contó que ella se quedó muda en el teléfono. Y una historia de amor, nació del silencio de un teléfono público en pleno microcentro. 
 Le di las gracias por contarme la historia, quedando como una psicótica que recolecta retazos de amor ajeno. Pero alegró mi día. Porque este extraño del amor, sin darse cuenta, me hizo dar cuenta que las ganas alcanzan para muchas cosas. 
 Porque digo; corría 1994, el chico no tenía celular, no había Facebook, no podías googlear el CUIT de la empresa y ni siquiera había research previo para saber si la mujer era linda. Si eso no es jugarse con todo a lo Cris Morena, entonces ¿qué es?
 Soy la psicótica que le dio las gracias, por el simple hecho de que ya no existe gente como él. La vida en la tecnología se trata de exceso de oferta y baja demanda; de malentendidos, de distorsiones y dilatación. Se trata de preconceptos sobre el otro y sus reacciones. Pensé que no había nada, ni siquiera las ganas, y él me demostró que hay gente especial. 
 No, no las estoy incitando a recolectar monedas y buscar un público. Entiendo que no hay más, que es imposible conseguir esa cantidad de fichas y que nadie se sabe ningún número de teléfono de memoria. 
 Pero ¿no es lindo? Saber que hay seres que viven historias reales, mientras nosotros armamos outfits en Pinterest. Él se toma una semana de vacaciones en su aniversario, mientras nosotros miramos el teléfono público. Hace el desayuno a la mañana para que ella duerma, cuando yo como una Tita mientras me maquillo. 
 Hoy mientras me peinaba pensaba en que este día no iba a ser de lo mejor. Soñé con un Rottweiler en mi departamento. Un perro que pesa más que yo y mi persona, en un inmueble que araña los dos ambientes. Dos razas con el peor timing de la historia. 
 Pasé al momento de ponerme rimmel en las pestañas y empecé a preguntarme. ¿Son cortas mis pestañas? ¿Está bien desayunar Titas? ¿Por qué sueño con perros asesinos? ¿Qué me quiere decir mi inconciente? ¿Estoy volviéndome loca? 
 No tardé mucho en entender el sueño. Hubo un "Rottweiler" en este departamento. Es difícil vivir en un espacio apretado con un animal diferente. Pero no es eso lo que aprendí de esa historia. Aprendí que las cosas no funcionan cuando ni siquiera están las ganas. 
 "Cuando me levanté pensé en los Rottweilers del mundo. Me hice una trenza y miré mi pelo. Me acordé que sobrevivir, fue como morir para mi. Sobrevivir implica dejar todo estático, como una foto en una galería. Pero el señor extraño con el que no quería pasar mi mañana, me hizo darme cuenta de que hay historias donde uno hace más que sobrevivir". 
 Sí, tuve un momento de sabiduría Jedi en plena terapia. "Lo que él (extraño) hizo, fue motivado por las ganas y el interés. A veces la conquista, vence a la neurosis". Aparentemente mi terapeuta siempre tiene que darle una vuelta a mis reflexiones.
 Me saturo de información que excede mis defensas. Me suelto el pelo y me pongo mi poncho. Paso un mechón de pelo al lado derecho de mi cabeza y agarro mi cartera. "Para mi sobrevivir, fue como morir. Este esbozo situacional me hace acordar al Rottweiler. Y hasta que llegue mi teléfono público, yo sigo en modo supervivencia". 
 Y así es como funciona la terapia. El inconciente se abre y se cierra eternamente. Avanzamos y retrocedemos, solamente nos encontramos si hay intención. Sino, no queda nada, ni siquiera las ganas. 





lunes, 7 de marzo de 2016

You call it love, but still you hate me.

 Últimamente me pregunto cómo algo que te hace sentir bien, puede hacerte también sentir mal. Son las contradicciones de la vida diaria las que rompen la homeostasis que fantásticamente construimos. 
 Comer un kilo de helado puede acercarte al paraíso, pero también a un ataque al hígado. Dormir 12 horas corridas puede reponerte del cansancio, pero también puede darte la peor contractura de tu vida. Renovar tu placard puede hacerte sentir plena por un micro segundo, pero también puede dejarte en bancarrota. 
 "¿Qué es la homeostasis?", me pregunta inocentemente. Como si no me diera cuenta que tiene anotada mi palabra preferida en el cuaderno que lleva mi nombre. ¿No aprobó Biología de 4° grado? Me suelto el pelo y me subo la pollera hasta las rodillas, me adelanto en el diván...e invento.
 "La homeostasis, para mi..." (Siempre es muy importante agregar el "para mi" en estas situaciones) "...es el equilibrio interior. Es el control de lo que te atraviesa. Imaginate un estante lleno de sweaters ordenados por tipo de mangas y color. Ahora imaginate un terremoto y que todo se desordena. ESO es el quiebre de la homeostasis".
 Entonces le explico. Le explico lo fácil que fue transitar dos años con un estante ordenado. Lo simple de rodearme de estímulos que no quisieran alterar eso. Y lo aburrido de vivir sin temblores, sabiendo dónde está cada tipo de sweater.
 El amor para mi, es el terremoto que rompe la homeostasis. Pensé que podía rodearme de ordenadores compulsivos que respetaran cada cosa en su lugar; como si uno pudiera ser dueño del placard. Pero no puedo, eso solo funciona en un esquema de jueves. 
 Me ato el pelo y vuelvo mi espalda contra la pared, después de una confesión digna de Jane Austen. Ella deletrea la palabra "amor" en su librito, porque aparentemente es la primera vez que nos permito nombrarla. 
 Como si las margaritas del viernes hubieran hecho efecto hoy lunes, sigo con mis confesiones: "Hablo de la doble cara del amor. Me abracé a una almohada, no sé si entendés. ¿Qué hago abrazándome a una almohada? Faltaba Celine Dion cantando acapella nada más". Y nos reímos porque, si no nos reímos de estas situaciones, ¿qué nos queda?
  El tema es que, no importa qué tanto te esmeres en mantener ordenado el estante, es imposible. Podés ser una compulsiva de la categorización, un acoplado hermético o estar en el nivel 84 de meditación; pero sigue siendo imposible. Los sismos, son inevitables. No hay nada que puedas hacer, para salvarte. 
 De la calma al terremoto. Del placard ordenado, a un conventillo de blazers apilado en mi cama. De la coca light, a 3 litros de agua mineral. De una mini torre de toblerones, a una pera. Me desconozco. 
 "En el (en)amor(amiento) es imposible no sentirse mal. Esto es una orquesta de los hilos de nuestras neurosis. Suena bien y mal al mismo tiempo. No lo entiendo, y eso que tengo muy buen oído. ¿Me voy? ¿Me quedo? ¿Canto? ¿Me callo? Vos decís que es interés, yo digo que me odia un poquito".
 Aparentemente soy el tipo de persona que quiere intelectualizar todo, y en este terreno del desorden estoy en jaque. No hay pollera, sweater o canción de Celine que guíen mi camino. 
 De la calma al terremoto, y nos desconocemos. Nos malinterpretamos, nos desencontramos, nos perdemos. El (en)amor(amiento) nos ama, pero también nos odia en sus contradicciones. 
 Y, por más que tratemos, el terremoto tiene lo que quiere. Le gana a los jueves, le gana a nuestras convicciones de whatsapp, le gana a nuestra regla de los lunes. Hace que, de alguna forma, el desorden de nuestros estantes, nos re-ordene. Menos mal que exilié algunos sweaters de mi placard. 










miércoles, 2 de marzo de 2016

What do you mean?

 "Es el primero al que le ponés nombre, sin que te lo pregunte". ¿Qué quiere decir eso? Señal de peligro donde ni la había notado. 
 En tres años nunca había notado que no pongo nombre a los hombres en mis sesiones de terapia. "Fernetero, Casamiento, Zafari, Psicoanalista, Religioso, El Economista, El de las telas, El viejo". 
 OK. Aparentemente mi circuito terapéutico es un capítulo del "Código Da Vinci" donde cifro todos los personajes. Entonces, cuando alguien tiene el nombre que figura en su DNI, cobra algún valor agregado que lo hace cotizar en bolsa. 
 Inspiro, me elevo en el diván, ato todo el pelo en un rodete XL en mi coronilla, miro la pared, la miro a ella. Y le pregunto. "¿Qué querés decir? Se llama X. Pero mirá que sí le puse apodos, solamente que a vos te dije su nombre real". 
 En realidad, ni importa lo que quiso decir, porque lo dijo. Ya no hay vuelta atrás en mi mente. Soy una apodadora. 
 Y entonces pienso retrospectivamente. ¿Cuándo dejé de llamar a las personas por su nombre? O, peor aún ¿cuándo lo trasladé también a las historias de mis amigos? Soy una apodadora. 
 Si tienen nombres lindos, ¿por qué los circunscribo a nicknames? ¿Es un mecanismo de defensa? ¿Es desinterés? ¿Es por confidencialidad de la información? ¿Es por boba?
 "Bueno, pensemos qué significa que este personaje tenga su nombre de verdad". 
 ¿Por qué le pago a alguien para que me haga pensar? Tendría que estar pagando a una vidente que arme el rompecabezas de mi neurosis. Pero no, yo pago al que lee el significado de que un personaje entre en el libro con su nombre real y me hace maquinar tres días seguidos. 
 "No puedo pensar. Decímelo". "Nos vemos la semana que viene Victoria". Me suelto el pelo y me voy. 
 Entonces; soy una apodadora, pero llevé a alguien sin disfraz a plena terapia. Mi psiquis me hace cuestionar por qué apodo; pero, en realidad, tendría que estar preguntándome por qué a este personaje no lo apodé. 
 No lo apodé porque es una incógnita, Porque para apodar, tengo que poder reducirlo a algo y no puedo. No lo apodé porque es como los pantalones pescadores. No entiendo cómo usarlos, no entiendo qué quieren transmitir o decir. No entiendo sus pretensiones en el mundo de la moda. No estoy segura de que me gusten, o de que no me gusten. Aparecen cuando no los espero, y no hay en ningún lado cuando los busco. 
 ¿Saben qué pasa con este tipo de pantalones? Estos pantalones sin etiqueta, tan difíciles de rastrear, tan poco favorables visualmente para piernas que no miden dos metros; nos hacen hacer cosas. Y de repente estás en plena calle Santa Fe, preguntando en Fujimoda cuándo van a estar en tu talle. Estás buscándolos por Flores, haciendo una campaña de investigación en Mercado Libre o recorriendo ferias. 
 Cortás jeans de etiqueta, los tratás de achicar con lavados, doblas tres veces la botamanga; pero no es lo mismo. No es como todo el resto del placard, no te deja dormir tranquila a la noche. Y te preguntás qué quieren de vos estos pantalones que ni siquiera estás segura de poder usar con estilo. 
 No lo apodo porque no lo entiendo. Es una  incógnita. No entiendo qué quiere de mi, no entiendo qué no quiere de mi, ni siquiera me acuerdo su cara y no sé cómo camina. No sé qué opina de la coca light, no sé si mata arañas, si entiende Lacan, si sabe nadar o si puede estacionar. No sé si sabe las reglas gramaticales, si ronca, si canta en la ducha o si es capaz de tolerar al menos una canción de mi etapa Justin Bieber. No sé si escucha música en el subte, si es un roba sábanas, si sabe combinar colores o si es capaz de cocinar sin tomate. 
 No lo apodo porque es un pescador. Esa va a ser mi respuesta en mi próxima sesión de terapia. Tenía un apodo, y lo perdió cuando me desconcertó. Ahora no sé cómo apodarlo, porque no lo entiendo. Entonces lo llamo por su nombre. Supongo que, eventualmente, su nombre dirá mucho más que mis apodos. 
 Lo increíble de todo esto, es que no creo que se juegue solo en mis escenarios. Debe haber miles de apodos resonando en consultorios ajenos. Algunos deben hasta ser para nosotros. Y, en algún lugar del mundo, en algún momento; seguramente también visite nuestro nombre propio esos lugares. Porque ustedes también son el pescador para alguien más. 















jueves, 11 de febrero de 2016

You should go and love yourself.

 Después de once horas de trabajo, preguntándome cuántas de ellas fueron realmente productivas; mi cabeza terminó divagando, como de costumbre. Y empecé a preguntarme. Empecé a preguntarme sobre este concepto del/a pibito/a de los jueves. 
 El pibito de los jueves ¿Es ese chico que no presentaríamos a nuestros papás? ¿Es ese hombre que mamá no querría y nuestros perros morderían? ¿Es un amor no platónico o una aventura? ¿Es un paliativo semanal?
 La pibita de los jueves ¿Es esa chica que tu hermana odiaría?  ¿Es esa mujer que querés alejar de tus amigos y definitivamente no tendrías en Facebook? ¿Es la Barbie que nunca te prestaron?
 Y entonces me di cuenta de que mi mejor amigo, por una vez en nuestra historia, tenía razón. No es alguien más que nos pone en un día, somos nosotros los que nos rotulamos ahí. Me pregunto por qué. 
 Es "el pibito" porque no hay chances de que a mis amigas les caiga bien. No hay forma de que mis caniches bailen su canción para él y tampoco es posible que nos pongamos de acuerdo en una idea. Soy la pibita porque, cuando habla, mi mente se va a la vidriera que pasé a las 7 de la tarde volviendo a casa. 
 Es el pibito porque prefiere leer un libro de Heidegger a escuchar mis historias sobre cómo remolcaron mi auto en San Francisco. Porque no se acuerda que mi mancha del cuello no es de nacimiento, sino de mi primera sobre exposición al sol hace 23 años. Soy la pibita porque tengo una nota en el celular con su apellido para no olvidármelo. Porque nunca me acuerdo a dónde o cuándo se va de vacaciones y porque ni siquiera es Heidegger lo que está leyendo. 
 Somos la pibita porque él es el pibito. Es el pibito, porque somos la pibita. Entonces me pregunto el por qué de esta mecánica narcisista y carnal. 
 Cuando trato de humanizarme, investigo y hago planes, él está en pibito. Cuando él trata de humanizarme y se acuerda de cocinar sin tomate, me pongo en pibita. ¿Somos los pibitos gente que no se encuentra en una dinámica semanal paliativa?
 Para él, sos un parade de collares. Se acuerda de tus vestidos, pero no de que vas a terapia los lunes. Para vos, él es un esnob con cuerpo de corredor. Te acordás de su camisa a cuadrillé, pero no de sus clases de los viernes. 
 Y cuando no es jueves, no se acuerdan. El chat pasa al fondo de tus 22 conversaciones, y tenés que traer su nombre de las catacumbas de tu inconciente. Tenés que desempolvarlo y despegarlo de al lado de la letra de alguna canción de Cris Morena de 1993. 
 Si no es "jueves", no existen. Esa es la dinámica de los pibitos. Es como un ibuprofeno, sirve solo cuando te duele la cabeza. 
 Es la deshumanización del vínculo. Si no pensás en él más allá del jueves, ¿Qué significa? ¿Por qué prolongar el vínculo paliativo de los jueves?
 Los pibitos, no somos mitad y mitad. Somos uno y uno. El otro sirve para acompañar el amor a nosotros mismos. Es el tipo de relación donde lo que querés es el espectador de tu parade de collares. La dinámica donde él solo quiere que alguien mire su cuerpo de atleta y vea sus libros intelectuales abiertos en su escritorio perfectamente ordenado. 
 Pero los vínculos deshumanizados, tienen fecha de caducidad. Es como ese collar que era tu preferido en el 2015. Un día te despertás y ya no lo querés usar. No combina con nada, ya lo viste entero y te pesa. Queda tirado en un cajón, al final de Whatsapp, al fondo de una bolsa. Queda para que alguien más lo use, alguien que lo vea como más que un accesorio y que lo pueda usar los sábados. 
 Y un día te levantás, es jueves, transitás tu día de 11 horas. Él se levanta, circula su día de 8 horas. Se levantan y se olvidan que es jueves. Porque, por alguna razón, están mejor durmiendo solos. 
 El pibito y la pibita. Les encanta cómo se ven pero, en el fondo, solo quieren amarse a ellos mismos. La funcionalidad de los jueves, disfuncional el resto de la semana. 
 Ese pibito que no le gustaría a tu mamá, que ama a todos. Esa pibita que odiaría tu hermana porque nunca repite collar. Reducidos a un día donde insistimos en jugar a entendernos por un rato, para encontrar lo que cada uno busca.  
 Y un día, es jueves y no somos más la pibita. Porque vos definís ese lugar. Cae la pibita, desaparece el pibito. Porque si después de 11 horas de trabajo, no queremos vernos; no hay mucho más que entender. Solo hay que aceptar que, si me gusto tanto a mí misma, tendría que amarme yo misma. Y, si te encanta tanto lo que te encanta, tendrías que salir con vos mismo. 
 Llega otro jueves y te das cuenta. Te das cuenta de que, después de 11 horas de trabajo, pensás en alguien...y no es un pibito. Que el pibito, se ame a si mismo...total se ama.





lunes, 8 de febrero de 2016

Yo tenía otro plan, una historia mejor...

 A veces me sorprendo con lo rápido que pueden cambiar las cosas. Desde mi estructura, todo cae en casilleros que se unen para conformar planes. Por cada viaje, hay un Excel con solapas infinitas. No siempre están completas, pero la intención es lo que vale. ¿No? Gastos, fechas, día a día, outfits. Listas infinitas, la vida en solapas.
 Mis amigas se ríen de mi tendencia a agendar planes en mi celular. De mi necesidad de pedir días y horarios para poder prepararme, o de mi falta de disponibilidad. ¿De mi vida en solapas?
 Me pregunto si, en mi intención de simplificar, complico. Si en mi deseo de ordenar en solapas, escondo parte de los archivos. Tal vez es más fácil destinar a alguien una solapa, que compartir el documento. 
 Y en mi intención de controlar, termino haciendo la vida más difícil. Termino haciendo  research innecesario de obras under que ni siquiera quiero ver. ¿Es eso parte de este plan? 
 "No te puedo leer todavía". Y yo me quedo en blanco, porque en mi mente es tan fácil como mirar un excel. ¿Se supone que sea así de difícil leerse? Entonces me doy cuenta. Me doy cuenta de que esto es más complicado de lo que pensé, cuando vivimos midiéndonos. Y me doy cuenta de que no estuve tratando de leerlo, y definitivamente no quise que me leyera. 
 Tenía todo el fin de semana agendado. Tenía toda la semana organizada: Martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo. Martes stretching y cena, miércoles research, jueves teatro, viernes cena, sábado y domingo viaje. Pero, contra todo skill de planificación, todo se movió de lugar. 
 "Yo tenía otro plan". "No podés planear todo, no siempre funciona así". Me dijo alguien hace mucho tiempo, en esa época en la que se me borró el Excel sin back up. 
 Así y todo, tenía todo el fin de semana agendado. Una vez más; tenía otro plan y, otra vez, todo se movió. Horas de research en una obra que ni llegué a ver, ningún Excel que me ayude a armar el bolso del finde, el cumplimiento de mi (no)fantasía de ser botinera por un día y una cura de sueño. 
 Los planes cambian, y me pregunto si tengo que dejarlos o abrazarme a mis solapas. Es como cuando vas a Kosiuko por la camisa de flecos que creías necesitar. Llegás y atravesás todo el local en busca de la camisa. Sabés dónde está, sabés cuánto cuesta, sabés el talle.  Atravesás la tienda y ni mirás todo lo demás. ¿Por qué no mirás lo demás? Llegás a la camisa que forma parte de tu plan, y está colgada al lado de otra camisa que brilla. 
 Las encrucijadas de la vida. Pensabas que querías los flecos, pero hay una camisa que brilla. Te gustan los brillos, pero no hay solapa para eso. Vos tenías otro plan, una historia mejor. Una historia con flecos. Sin embargo, no podés dejar de preguntarte qué tiene esa otra camisa de especial. Y te preguntás. Te preguntás si será real o fantasía. Si aferrarte a lo que planeaste, planear de nuevo, o no planear. 
 Tal vez planeamos, para sentirnos seguros. Tal vez por miedo a que, lo que brilla, deje de hacerlo. Por ahí porque es más fácil caminar sin mirar todo el local. 
 El problema de planear, es que rara vez todo encaja donde lo proyectamos. Te probás la camisa de flecos, pero no es como pensaste que iba a ser. Insistís, porque no puede estar mal, es lo que se espera de la temporada. Pero algo no está bien con este plan.
 Los planes no siempre son perfectos cuando se materializan. En cambio, cuando las cosas se mueven, todo encaja. No hay forma de que algo salga mal, si nadie lo imaginó mil veces. Alguien se mueve y los planes se desfiguran; capturándonos en instantes que cambian todo. 
 No es que pretenda simplificar, pero no voy a hacer un Excel de la camisa de brillos. No podemos hacer Excels de casualidades. 
 Hace muchos años acepté un plan que nunca habría aceptado en un millón de años. Terminé en un bar siniestro de algún lugar recóndito de zona Oeste, viendo una banda de rock y mi vida cambió. En ese entonces, vi a alguien por pura casualidad y algo pasó. En ese entonces yo tenía también otro plan, una historia "mejor" (que definitivamente no involucraba un bar en Morón). 
 Nueve años después de mi primera casualidad, ya tendría que haber aprendido. Tendría que saber, que es mitad y mitad...y no controlo el Excel. Y que, aunque tengamos otro plan, no siempre es una historia mejor. 
 Te vi por pura casualidad. Yo tenía otro plan, una historia mejor. Flecos y brillos, menos mal que estamos en liquidación y no hay tantos caminos.






jueves, 28 de enero de 2016

Haven´t you heard?

 Últimamente reflexiono sobre el autoconvencimiento. Ese mágico pensamiento repetitivo y muchas veces infundado que nos mueve a abrir o cerrar historias. 
 Todo empieza conmigo, sentada en una mesa de almuerzo, intercambiando anécdotas y poniendo en juego preguntas existenciales. Y por preguntas existenciales me refiero a: Novelas, citas, temporada, vacaciones, la situación amorosa de Pampita y los romances de radio pasillo. 
 Situación: Alguien deja a alguien por un mensaje de whatsapp (Sí...esto es el 2016). A: "¿De qué signo es el dejador", B:"Aries". A: "Claro, obvio", concluye la pseudo astróloga. 
 Y yo, en silencio, mientras miro la primera y única comida casera de mi semana, reflexiono. "Claro, te dejó por un mensaje de chat porque es de Aries, no porque es medio tarado y tiene problemas interpersonales". Pero, a pesar de mi reflexión terrenal, no dejo de pensar en los signos de la baraja en la mesa. Entonces me doy cuenta, somos "autoconvencedoras". 
 Situación: Rapsodia me manda un mensaje de que está rebajando 40%, y yo, le creo. Entro, veo que bajó 300 pesos en un saco de 5000$, pero le creo. Creo que 300 puede ser el 40% de 5000; aún cuando sé que ninguna regla de tres simple va a respaldar esa cifra. ¿Por qué le creo? Le creo porque es más fácil clickear en la compra online pensando que estoy haciendo el negocio de mi vida. Le creo porque quiero sentir que Rapsodia piensa en mí cuando me manda ese mensaje y quiero experimentar la sensación de que nunca voy a encontrar una mejor oferta. O simplemente le creo porque genera menos culpa y responsabilidad autoconvencerme de que el precio que pago es el 60%. del valor.
 Nos autoconvencemos. Él es un boludo que te deja por mensaje de whatsapp, el otro tenía novia  y vos nunca te enteraste, alguno es gay y ni te diste cuenta, otro personaje te hace pagar la cuenta y nunca falta el pibe que te asigna un día. Pero no, no estás implicada en la situación, no hay forma de que hayas podido tener algún tipo de control o responsabilidad sobre esto. No es que vos no te diste cuenta, que dejaste que te dejen por mensaje, que siempre respondiste en ese día con el que te caratularon o que te sobreadaptaste. No, él es de Aries, no había nada que pudieras hacer. Era el destino. 
 Nos autoconvencemos porque es más fácil escuchar de una extraña en una mesa que el signo de alguien define infinidad de situaciones con personajes diversos, a pensar de verdad. Él es de Aries, con razón, listo, cerramos el libro. ¿El que te rompió el corazón era de Escorpio? Olvidate, no hay nada más que analizar. Aparentemente hay que apuntar a Tauro y, dicen, que los Acuario son algo sensibles. Alejate de Escorpio y no le des tu número de Whatsapp a Aries, así te deja face to face.  
 Nos autoconvencemos. Nos convencemos de que las liquidaciones liquidan y que los signos definen. Y, cuando algo nos mueve, es más fácil inventar explicaciones pseudo lógicas, de poco contenido e irrefutables; a pensar que el otro es un boludo porque lo dejamos ser o porque nosotras aportamos de lo nuestro. ¿Qué hago pagando miles de pesos en terapia? Todo lo que necesitaba era un tupper y una extraña. 
 Me pregunto si es el precio que pagamos por querer comprar lo que nos venden al "60%" no termina siendo más caro de lo que pensamos. Porque nos autoconvencemos de que no estamos implicadas y repetimos patrones. Te van a volver a dejar por mensaje, te van a volver a asignar un día y yo voy a pagar como 7000$ por un saco que salía 5000. 
 Y no es que siempre tengamos culpas pero, tal vez, sí responsabilidades. Digo, tal vez no es que X haya tenido miedo de decirle a Y a la cara que no la quería ver más. Por ahí X era fóbico e Y no supo ver los indicios, solo supo mirar para atrás y rotularlo como "Aries". Tal vez, el e mail de Rapsodia decía "4%" y mi deseo le agregó un "0". Tal vez, todas las pistas de que alguien tenía novia, estaban ahí y no las quisite ver. Por ahí te tendrías que haber dado cuenta cuando solo te llamaban los jueves que eras "la minita de los jueves". Por ahí, "Aries", solo es un CD de Luis Miguel...que ni siquiera escuchamos. 










lunes, 18 de enero de 2016

I must not chase the boys...

 "Todas las historias (de amor) son raras cuando las mirás más de cerca". Damn it. ¿Por qué siempre empiezo los lunes con jaques a mis certezas?
 Una buscapina compuesta, ningún collar, un rodete y una cartera que no combina con mis zapatos. CERO ganas de ir a terapia, dos intentos de escape del subte en el camino, una hora cuarenta en el diván. 
 Mi psicóloga odia que use la palabra "normal". A veces me pregunto si es porque no existe, o porque soy la última persona pisando la Tierra que debería usarla. "Es una historia (de amor) rara". 
 ¿Qué sería una historia (de amor) "normal"? ¿The Notebook? No, no creo que queden hombres que escriban cartas de puño y letra, mucho menos que te construyan una casa con sus propias manos. De hecho empiezo a preguntarme si quedan de los que saben cambiar lamparitas. 
 ¿La boda de mi mejor amigo? No, Julia Roberts nos enseñó que no hay nada normal en probarte el anillo de compromiso de alguien más. ¿When Harry met Sally? Por favor, después de ese viaje en auto no hay chances de que esas personas se vuelvan a llamar. ¿50 sombras de Grey? Eso no tiene NADA de "normal". 
 ¿Because I said so? Mmm no. Dudo que sus mamás les consigan uno, mucho menos dos, hombres online. ¿Highschool Musical? Si el otro canta sobre cada cosa que les pasa, corran, sería poco convencional, pero definitivamente nada "normal". ¿Cartas a Julieta? Imposible, pero es una buena fantasía. 
 "Todas las historias (de amor) son raras cuando las mirás de cerca". ¿Qué es lo que quiso decirme? ¿El amor es raro? ¿La gente es rara? Quiso decirme que todo es raro, cuando no existe lo "normal". 
 Tiene razón. Tiene razón porque no conozco a nadie igual a nadie. Y déjenme decirles algo, estamos jodidas. Estamos jodidas porque absolutamente ninguna regla de las que nuestro clan elucubra se aplica al campo de acción. 
 Intento hacer investigación de mercado y, mientras más investigo, menos conclusiones saco. Nunca llego a entender lo "normal".
 ¿Qué significan los likes en Instagram? Sujeto 1: Arte. Sujeto 2: Significa que tenés que darle like y te va a hablar. Sujeto 3: NADA. Sujeto 4: Depende. ¿Es una foto de comida, tuya o de tus amigas? ¿Hay un paisaje, un perro o un helicóptero? 
 Entonces, si es artística es apreciación pura de tu espíritu libre; pero si es de tus amigas le gusta alguna. Si es de comida puede ser que tenga hambre, que piense que sos la próxima master chef o que quiera invitarte a cenar. Si es de un perro está pensando en adoptar uno, admira tu cariño hacia los animales o le parece graciosa tu mascota. Si es de un paisaje está pensando en ir a escalar y si hay un helicóptero es su gen fierrero. 
 "¿Para qué usan Facebook?" Sujeto 1: Para levantar. Sujeto 2: Para escuchar música. Sujeto 3: Para boludear con amigos. Sujeto 4: 1, 2 y 3 juntas. "Pero los Likes de Facebook, son otra cosa". 
 "¿Los likes de Facebook son otra cosa?". Sí chicas, son distintos, no sé si alguien les hizo creer que los cobran o que quedan más expuestos, pero...son "otra cosa". Porque, aparentemente, son más privados/públicos (Weird, I know) y disponen de menos. "Si te pone Like en Facebook, te va a hablar. Ponele un Like". 
 En teoría te pone un Like para cultivar el terreno, vos tenés que ponerle Like (o no) y en dos días te habla, o tres. Pero, si vos no ponés like, pasaste por abajo de una escalera y el año es bisiesto; puede fallar. 
 Y acá estamos, haciendo malabares y pensando que en el 2016 algo puede ser "normal". Mientras para leer interacciones tecnológicas necesitamos una bola de cristal, el telekino de mañana, un compás, la escuadra y saber multiplicar por tres cifras. 
 Tenés que contar cuántos likes te puso, pensar la ubicación de Júpiter ese día; diferenciar si había un paisaje, una amiga, un mamífero, un reptil, comida, un medio de transporte o una frase. Tenés que entender su comportamiento en cada red social, unir los puntos cardinales de cada click y hacer una base en Excel para cruzar su fecha de cumpleaños con la tuya, el origen de su apellido, y su talle de zapatos. Y después de eso, tu cerebro muere. Muere porque toda la energía que usaste en este análisis hizo que te olvidaras de respirar. 
 No nos contesten más. No hay reglas, no hay "normal". ¿El aprendizaje del estudio de mercado y de la historia? No hay "normalidad", solo hay historias raras de cerca. No hay un patrón, esto no es Harry Potter donde cada uno tiene asignado un animal que caracteriza su hechizo. No hay un manual, no está en Wikipedia, no está en una canción de Cher, no hay certezas. 
 ¿La moraleja de la historia? No tenemos que perseguir a los chicos, no tenemos que forzar su comportamiento en estos moldes como si fuéramos a coser una pollera. 
 No tengo que preguntarles más mi característico: "¿Qué significa... (Insert multiplicidad de dudas aquí)?". Y ellos no tienen que contestar más, porque nos confunden. Sí, en el 2016, nosotras también nos confundimos. Más terreno cedido. Cuiden las carteras, porque en cualquier momento empiezan a usar accesorios. Cuidemos a Zara, porque lo único que nos falta es que se dedique solo a la indumentaria masculina. 
 ¿La moraleja de la historia? No tenemos que perseguir a los chicos. Hay que dejarlos ser. Con sus Likes arbitrarios, sus mensajes a las 5 AM, sus arranques aislados de romanticismo y sus nuevas mañas.  Después se preguntan por qué hacemos investigaciones de alto calibre y elaboramos hipótesis super hiper complejas (OK. Stalkeamos, a veces...), pero no es nuestra culpa, es culpa de la Encarta que se olvidó de explicarlos. 
 No tenemos que perseguir a los hombres. Tenemos que aceptar que no hay nada "normal" y que todo es raro, cuando lo mirás de cerca. 

  
















Jaque al Rey...

            Hace tiempo empecé a experimentar una sensación. De esas que nacen del medio del esternón y te contraen como si fueras a echar...