miércoles, 16 de julio de 2014

I will love again

"Nos pasa siempre tan lo mismo todo el tiempo"...
 Y sí...Una de dos, o los guionistas de Guapas tuvieron acceso a nuestros diarios íntimos, o nos pasa siempre lo mismo. Pero no a las Guapas y a mi, a todas...al género. Me animo hasta a incluir a la vida extraterrestre femenina o su  homólogo intergaláctico. 
 Y mientras me recupero, a base de fuertes recetas, del dolor más punzante de cabeza que tuve en mi vida; me amoldo a la triste sensación de que dejar de pensar es imposible. Porque hasta hundida en una migraña colosal, nuestra cabeza sigue maquinando...aunque más no sea sobre el dolor infrahumano que estamos sintiendo.
 "Parece dolor tensional, ¿te pasó algo?". "No (médica extranjera cuyo acento no reconozco), no me pasó nada que haya registrado concientemente (pero la neurosis sabe bien cómo escribir en el cuerpo)". Una inyección, cuatro pastillas...y me devolvieron mi cerebro en un 73% de funcionamiento.
 Con este 73% del cerebro, puedo remontarme a la última charla coherente que tuve antes de encerrarme en mi materia gris latente. ¿Contexto? Amigas, shopping, casa de té. Es todo un ritual si se ponen a pensar: Antes de llegar a una charla profunda, necesitábamos descargar energía y asirnos de algo positivo con lo que llegar a casa (Quien dice algo, dice más de uno). Es como cuando los jugadores de fútbol concentran, los monjes meditan para llegar a otro plano, los corredores comen carbohidratos o los músicos afinan los instrumentos. Nosotras compramos, apaciguamos la ansiedad y en cada percha que pasamos vamos juntando reflexiones.
 Y no es solo comprar, es también aprender a perder. Aprender a dejar atrás, porque no se puede tener todo. Es aprender a que a veces aunque el amor entre el tapado de descarne de Rapsodia y vos sea mutuo, hay que dejarlo pasar. Tal vez ahí esté la tensión que nubla nuestro pensar.
 ¿Alguna vez se tomaron un minuto para analizar desde raíz las charlas con amigas, scons de por medio? ¿Se dieron cuenta de que, por más que seamos diferentes, nos conecta más que el gusto o el estilo? ¿Cuántas veces la otra iba por la mitad de la historia y ustedes ya sabían el desenlace? ¿Saben por qué? "Porque nos pasa siempre tan lo mismo todo el tiempo". 
 Y, entre historias, nos "recauchutamos" las unas a las otras con explicaciones que mutan entre la razón y el cosmos. Respuestas que oscilan entre adjetivos despectivos y líneas de lectura cósmica. Porque o no era para vos, o géminis y escorpio no son complementarios. 
 No nos culpo, hay que armarse un poquito para entrar en análisis. Porque la verdad, ni él es un tarado, ni los signos tienen algo que ver en el matching. Y, mientras mis amigas prefieren aferrarse a las lecciones de "Simplemente no te quiere", yo prefiero consolarme con la idea de que tiene que haber un patrón.
 Porque ¿cuál es la base de la producción en masa? ¿cómo hacés para coser quince polleras iguales? Usas un patrón, un molde. Entonces, si nos pasa siempre tan lo mismo todo el tiempo, ¿no será porque cosemos siempre con las mismas instrucciones?
 Tal  vez la vida real pueda asimilarse a un proceso de selección de cualquier otro tipo. ¿Dónde podemos llegar aplicando siempre los mismos filtros? ¿Por qué es mejor malo conocido que bueno por conocer? ¿Por qué los hombres se empecinan en usar musculosa? ¿Y por qué las argentinas mueren por Donofrio, prototipo de bondiola e ideales; quien no pasaría ni un filtro btw?
 No lo sé. Entonces escucho en repeat y repeat a Lara Fabian, intentando convencerme de que podemos "amar" otra vez. Lo cual me resulta irónico, teniendo en cuenta que la canción se la dedica al ex, como si la superación fuera un trofeo que en algo le importe a él.
 Y en un agudo que irrita alguna vena algo sensible post-migraña, me ilumino. ¿Por qué nos pasa siempre tan lo mismo todo el tiempo? Contexto: Lara Fabian, "I will love again". Esta es claramente una canción dedicada a un ex para convencerlo de que ella va a amar otra vez, aún cuando le lleve una vida superar el vínculo. Entonces ¿Cómo no te va a pasar siempre tan lo mismo todo el tiempo? Si todas las historias intentan reparar una misma historia o replicar un mismo vínculo. Es como recortar un triángulo e intentar insertar un círculo en el vacío que deja. Es imposible, hay que buscar sustitutos de formas similares. 
 ¿Saben por qué les gusta Donofrio? Donofrio, una persona que seguro tiene olor a torta frita todo el tiempo, frases esperanzadoras y abrazos cuando los necesitan; un hombre que posiblemente es dueño de tres buzos de jogging y le quedan pocos años sin panza, usa más crema enjuague que ustedes y llora con Bambi. Les gusta porque es la esperanza de romper el patrón. Es la ilusión de alterar los filtros de selección. 
 Tenemos siempre las mismas charlas, porque nos pasan siempre las mismas cosas; con distintas personas y detalles de color. Lara Fabian dice que vamos a amar otra vez...y yo les digo que sí, seguro. Porque no se trata de enamorarse o no, eso no está en duda. Yo amo todo el tiempo...amo mis Hunter y a mi smart, amo amigos y el sin parar de chocolate. Me enamoro tres días por semana en el subte, y en mi cabeza ya me casé quince veces. Pero lo que está en juego realmente no es eso, sino la estabilidad del vínculo. Porque desde donde lo veo a veces (el vínculo real) es muy como el tapado de descarne de Rapso: Se ve lindo, pero pesa un huevo y sale mucho más.
 Pero lo queremos...queremos el tapado. Por eso nos pasa siempre tan lo mismo todo el tiempo...a todas, o casi todas.

sábado, 28 de junio de 2014

No sé cómo lograr mi alma reparar...

 Últimamente me dedico a escuchar, sin escuchar, reflexiones ajenas. Y pienso, no sobre las miradas de los otros, sino sobre lo fácil que es dar consejos desde una óptica exterior a una situación. 
 "En casa de herrero, cuchillo de palo". Los contadores no llevan necesariamente excels de su economía hogareña, los masajistas se contracturan y los médicos se enferman. Los técnicos no cambian las lamparitas de sus casas, los choferes caminan y los cocineros piden delivery. Y los psicólogos, somos neuróticos (en el mejor de los escenarios). 
 Hace casi una semana, acomodada perfectamente de coté en el diván de cuero de mi terapeuta; estaba en el medio de los monólogos que me caracterizan. Sosteniendo que por primera vez no tengo una lista o un plan para una situación puntual que me acecha; contándole suposiciones que decantan cuando uno suma uno más uno, cerrando cada frase con mi trillado "está muy bien". 
 "¿Qué sentís? Parece que no te moviera nada esto que decís". Mi oído pago de los lunes se refería a la simple suma de hechos supuestos. Y entonces por primera vez en un año me quedé completamente callada y tuve que mirar la pared blanca, porque el contacto visual se me hizo insostenible.
 A veces con la pregunta adecuada, en el momento justo, las palabras pueden moverse como un puzzle en la cabeza. Es como cuando ganabas el solitario en las compus viejas...al final del juego las cartas que estratégicamente colocaste una a una para salir airosa de la partida, volaban por toda la pantalla. Era como si nunca hubieras jugado.
 "¿Qué sentis?". Y volaron las cartas de la partida. Porque no pude hacer conexiones mentales para salir airosa de la situación. Es como cuando alguien mezcla tres estampados y texturas diferentes, usa collar Y vincha, y te pregunta "¿Estoy bien?". Las neuronas dejan de hacer sinapsis y una tarda tres minutos reloj en generar una respuesta políticamente correcta, pero que nos permita mantener nuestra dignidad. Porque DE NINGUNA MANERA hay que avalar con palabras la errónea combinación de texturas.
 Miré la pared y voló la baraja. Y, aunque mi terapeuta no tiene espejos (cosa que ya le reproché tres veces), sé que puse mi distintiva mirada de preocupación. Y los tres minutos que tardé en contestar con un político "Está bien...ahora no siento", junto con mi cambio de respiración, bastaron. 
 Y no quise volver la mirada a ella, porque si algo caracteriza a mi psicóloga es su fruncida de labios y ojos de gato de Shrek apiadándose de mis intelectualizaciones y maquinando alguna estrategia terapéutica para que mi Superyo salga de su puesto de combate. 
 Pero hay algo que nos une. Freud lo llamaría transferencia...yo lo llamo supervivencia. Porque, aunque sea más fácil para mi entrar en una relación transferencial con Zara; ella sabe, que yo sé. Yo sé que no quiero sentir, ella sabe que siento; y las dos sabemos que necesito hacer un poquito menos de sinapsis. 
 Lo que  siento en Junio es que necesito sweaters...y no los compré (Bueno...compré uno, pero en mi mundo matemático uno es cero). Miro la cima de mi placard, donde se ubican caóticamente los abrigos, y no entra ni un invisible, y me pregunto: ¿No tenés criterio boluda? Y entonces pienso en el mecanismo de desplazamiento y aplaudo a mi psiquismo. Lo aplaudo porque es más astuto de lo que pensaba. Aunque, por otro lado, es como un mono con navaja; porque su pequeño vericueto cuesta miles de pesos en terapia, más la inversión en sweaters y ni hablar del espacio.
 Y en un mano a mano donde mi psicóloga quiere hacerme ver que no nos conocimos porque era parte de mis planes, sino porque algo me movió a reencontrarme con el diván...intento minimizar situaciones y explicarle que yo necesito sentir que me queda algo de control.
 Y, como a veces mi guerra intrapsíquica se apiada de mi, por un rato puedo aceptar que la visito porque "no sé cómo lograr mi alma reparar"...Y le confieso que en mi mundo la gente no llora, porque "llorar no sirve de nada", te deforma la cara y te irrita la nariz. Y ella me confiesa que eso está mal, porque aparentemente la gente llora y eso está bien...Así que ahora, aparte de comprar sweaters, tengo que llorar cuando sumo uno más uno. Y como soy muy buena en matemática, ya sumé.

domingo, 22 de junio de 2014

it´s been a while, since I begged for anything...

 Cuando entro a una librería me pasa algo extraño. Experimento una sensación completamente distinta a la seguridad que siento cuando entro a un local de ropa. Cuando entro a estos cuartos repletos de libros, siento ansiedad. Ansiedad porque sé que estoy rodeada de historias que me gustaría incorporar por ósmosis.
 Tal vez de eso se trata leer, vivir la historia de otro mientras la propia vuelve al cauce. O por ahí proyectamos, porque es más fácil leerlo en un papel que tramitarlo en la cabeza. 
 Sea como sea, hace tiempo que me cuesta leer. Leí tres capítulos de cinco de los siete libros que compré. Y día por medio, los limpio como un accesorio más de mi casa, preguntándome si algún día voy a tener ganas de ver cómo terminan esas historias (o cómo empiezan).
 Y es que abrir un libro últimamente era resistir la tentación de leer la última hoja, supongo que para evitar sorpresas. Porque en la contratapa nunca te dicen la verdad de la historia. No te dicen si es realmente de amor, si hay extraterrestres o enfermedades. ¿Perdí la tolerancia a la sorpresa? 
 Bueno, en mi defensa, diría que NO. Lo que pasa es que para mí las sorpresas siempre vinieron en bolsas de Kosiuko, y serpentina, no en eventos desafortunados. Y es más que lógico que una mente inteligente quiera prepararse ante el imprevisto, por ejemplo leyendo la última hoja de un libro.
 Tal vez los libros tendrían que venir con un cuadro nutricional atrás. Pero en vez de calorías, deberían poner marcadores de emociones y conformidad con los finales. Como las Lays, que cuando las das vuelta dicen cuánta grasa tienen. Un libro que, cuando lo dé vuelta, diga "Vas a llorar un poquito", "No vale la pena", "Este no te lo olvidás más" o "Dejalo en la repisa y corré". (No sé si seguimos hablando de libros).
 Sea como sea. Entré a una librería para comprar un regalo, y lo vi. En un aparador que parecía ambientado para mí, lleno de colores fucsias y títulos eclécticos; había un libro de tapa salmón con letras gigantes. "Yo antes de ti". Y me quedé releyendo el título, creo que me tomó un minuto ir a la contratapa.
 No voy a detenerme en la historia que roza muchos clisés, pero logra atinar al punto simple del amor, mostrando que no se compone más que de momentos compartidos donde no tiene por qué haber fuegos artificiales en el aire.
 "Yo antes de ti". El título es simplemente una genialidad. Porque por sí mismo, atrapa cualquier ojo. Uno es siempre antes que algo, no hay nada que no nos marque. Yo antes de mis Hunter, odiaba más la lluvia; antes de probarlo, detestaba el Fernet y antes de tener tele en la habitación, no concebía comer en la cama. Piensen todos los "antes de"...antes de su primer beso, de la universidad; antes de esa cartera preferida, del push up y del rush rojo. Antes de sus mejores amigas, de la planchita o los maxi sweaters un día de pastas. Antes de que alguien les guste, sus músculos pre pilates o nuestras vidas antes de la tarjeta Sube. Siempre hay un antes, y un después, de algo.
 Por primera vez en un tiempo no quise leer la última página del libro. Quiero saber el final, y no quiero que se termine a la vez. Estoy dispuesta a recorrer la historia completa, reírme o llorar si es necesario.  Y todo ese circuito me hace pensar sobre el por qué no puedo leer últimamente. 
 No quiero sonar muy Nubeluz en su canción "Escapate con un libro". Pero la secuencia de la librería, me hace pensar. Simbólicamente digo...o literalmente, no lo sé. Quiero saber el final de "Yo antes de ti". No quiero que se termine, pero necesito seguir leyendo para saber qué pasa. Porque hasta que no llegue al final, voy a seguir dejando  historias en el tercer capítulo. Y algunas, para ser honesta, parecen interesantes. 
 La vida sería más fácil entre bolsas de Kosiuko y algunas sesiones menos de terapia. Pero supongo que sería como vivir en la última página de un relato. Y pasó mucho tiempo desde la última vez que rogué por algo, pero quiero más. Más historia supongo, o tal vez poder llegar al final y cerrar el libro. 


jueves, 12 de junio de 2014

Gimme gimme gimme...a man after midnight.

 Cada cuatro años el mundo gira al compás de la espera latente de un evento que enfrenta al mundo entre sí. Inversiones millonarias en equipos compuestos por hombres que nacieron para perseguir una pelota. Estrategias, camisetas y estadios; himnos, colores y copas.
 Cuatro años, 1460 rotaciones de la Tierra sobre su propio eje y 16 vueltas del planeta alrededor del Sol. Elecciones políticas sobre locaciones, decisiones marketineras de publicidad y composiciones de canciones para el show apertura. Sorteos de grupos y sueños de victoria. Personas de 20, 30, 40 años; coleccionando y cambiando figuritas. 
 Cuatro años de hombres reunidos alrededor de sus play stations encarnando virtualmente esta competencia con la ilusión de manejar a Messi y su equipo. Picadas, cerveza, joysticks y charlas de vestuario o almuerzos sobre sus propias estrategias.
 Cuatro vacaciones, cinco invitaciones a casamientos, dos bautismos y varios cumpleaños, dieciséis cambios de temporada y dos teles nuevas. 
 Estrategia y emoción, eso es el mundial para el sexo masculino. Hombres en impecables minishorts blancos, eso es el mundial para mi. Y lo único que entiendo es que la pelota tiene que entrar en el arco contrario. Los eventos para mi se miden de manera simple: Ganamos o no ganamos. Es probablemente la única situación vital donde mis skills estratégicos dejan mucho que desear.
 Esa época de la vida donde la sexualidad del mundo roza la ambiguedad. Voy al super y veo a los hombres, con hombres. Solo les falta tomarse de la mano y rezarle a una figurita de Messi.
 Hombres de la mano, grupos masculinos compartiendo miradas cómplices de ilusión, canciones pseudo románticas a sus jugadores preferidos, sentimientos apasionados por cada jugada. ¿Por qué? Porque, nosotras, DEJAMOS DE EXISTIR. 
 Y me gusta. Llega el mundial y las mujeres pasamos a segundo plano. No hay taco, perfume o batida de pestañas que acapare la atención ajena; ellos están embelesados con el fútbol. Me gusta, porque esto une a nuestro género: En el mundial, somos todas solteras.
 Es probablemente el único evento universal donde acatamos órdenes y protocolos masculinos. Los dejamos preparar sus picadas, enojarse por alguna jugada que no logramos descifrar y dominar el control remoto. Les permitimos encender la play cinco horas seguidas post partido, para que se sientan un poco como Beckham; nos bancamos alguna puteada cuando sin querer pasamos por adelante de la tele y les preparamos fernet. 
 Cedemos territorio; porque solamente una mente astuta sabe que, para  cosechar, hay que sembrar. Y si jugamos bien nuestras cartas, este mes, nos lo pagan con 48 meses más donde somos las reinas de la escena.
 La Tierra se convierte en Ciudad Gótica, donde el mundo parece haber parado. Parece una película futurista donde solo quedan algunas mujeres en acción. 
 Me gusta, este mes somos todas solteras. Todas saben lo que es el silencio ajeno y la salida de escena ajena. Me gusta, porque hay un plus de hombres lindos en perfectos shorts blancos, transpirando por un ideal. Me gusta, porque no están atentos a si compramos un poquito de más. Me gusta, porque el mundo deja de girar universalmente, y no solo para mi.
 No tiene sentido leer el horóscopo este mes, claramente no es el momento para ninguna mujer. ¿Qué queda? Peluquería, shopping, series online. Queda leer un libro y rogar no tener ganas de hacer pis en el medio de algún partido, para evitar el bloqueo visual del televisor. 
 Y agradezcan, agradezcan que no hay una diferencia horaria abismal que haga que él se ponga despertadores masoquistas a las 3 AM para no perderse ningún partido. Porque, ¿saben qué? A las 3 AM no están los amigos, salvo que haga un pijama party. Entonces ¿a quién va a despertar para comentar alguna jugada increíble de la pulga o algún jugador hindú desconocido? A USTEDES.
 ¿Qué nos queda? Comer breadsticks y comentar lo menos posible. O, pueden usar la estrategia contraria y hacerse las interesadas por descifrar ese deporte misterioso que es el fútbol: "¿Qué es un offside?". Ah ah, muevo la cabeza negativamente ante este GRAVE error. HORAS de escuchar a hombres tratar de explicarme el offside con palabras, dibujos, representaciones mudas y ejemplos didácticos en mi idioma; me llevan a decirles que esa no es una buena opción de afianzamiento del vínculo. Sobre todo porque después las van a llamar ante CADA offside al sonido de: "¿Viste?".
 ¿Qué nos queda? Mirar y aprender. Aprender la magia de lo que hipnotiza y une a los hombres. Porque de cada situación, se puede sacar una lección. Quizás sea que simplemente hay que usar más minishorts blancos, dejarlos en offside o mostrarles una picada cuando necesitemos pedirles algo. Tal vez sea que hay que pegar una figurita de Messi al lado de fotos de cosas que queremos para nuestro cumple (Después de todo las "indirectas" ante vidrieras, nunca rinden fruto en nuestro aniversario vitalicio).
 Qué difícil. Qué difícil cuando los hombres se hacen humo. Esto pienso mientras veo los escenarios de la vida decorados de blanco y celeste: es un buen momento para ir a la peluquería y maquillarse menos, podemos manejar tranquilas y reunirnos todos los días. Pero, sobre todo pienso en qué difícil va a ser conseguir hombres este mes. "There´s not a soul out there, no one to hear my prayer". Para conseguir compañía masculina, va a haber que esperar a Julio...El mes donde: A) Van a necesitar consuelo sus almas abstemias de mundial, ó B) Van a necesitar compañía para su éxtasis. 
 Por ahora nos queda juntarnos, abrir las ventanas y mirar una ciudad de hombres latentes. "Gimme, gimme gimme, a man after midnight".

miércoles, 11 de junio de 2014

No se viven dos historias iguales

 ¿Por qué vemos más de una vez la misma película? Creo que es porque nunca es la misma trama. Los significados de los eventos que se desarrollan en la pantalla, dependen de lo que podemos interpretar. Y, piénsenlo, siempre interpretamos desde la subjetividad, desde lo que nos pasa. 
 Nadie captura lo mismo que nosotros de una película, ni siquiera nosotros mismos en distintos momentos. Pasa lo mismo con las canciones, con los libros, con los relatos ajenos. 
 Cuando contamos nuestra historia, el otro captura lo que su subjetividad le permite, y eso se mezcla con lo que de si mismo proyecta. Si está en un buen día imposible de opacar, seguro intente transmitirnos optimismo. Si nos interpreta desde su propia melancolía, seguro nos acaricie el pelo y nos regale un triple fantoche. Si está enojado, tal vez  intente que veamos el lado negativo del cuento.
 Basta con agarrar una foto de cada año que vivieron desde que nacieron, para ver visualmente cómo cambiaron. Yo pasé de bebé hipopótamo, a gorda con rulos, a flaca de pelo lacio. De enteritos cosidos por mi mamá, a vestidos bobos, soleros, shorts de plush y chupines. De pelo corto, a pelo de gitana y de piercing a nada. De mochilas a carteras y de camperas inflables a tapados. Y estos cambios apenas si reflejan la evolución de mi estructura mental.
 Escucho retazos de historias ajenas una y otra vez, mutando en el tiempo. Y me pregunto si eso es la historia, puntos de vista de hechos teñidos de lo que uno mismo es en distintas épocas de su vida. Es resignificación pura; porque nunca leemos desde el mismo lugar, los mismos hechos. 
 Es como el outfit perfecto. Esos días donde te levantas y mágicamente combinas prendas que nacieron para estar juntas; pero cuando intentas repetirlo unas semanas más tarde, se ve diferente. Es como esa vez que comí compulsivamente magdalenas hasta que dejaron de gustarme (Hablamos de MUCHAS magdalenas en un día, de una gran inversión en la fábrica Bimbo, creería que ayudé a su fusión con Fargo). En fin, no sé si fue la receta, o fui yo...pero no era lo mismo. 
 "Dos historias iguales". No existen porque, no solo no hay dos personas iguales, sino que no hay una persona que en el tiempo trascienda sin marcas. ¿Cómo viviríamos dos historias iguales, si nosotros no somos lo mismo en dos momentos diferentes?
 Desde mi cama veo cuatro carteras: Suela, arena, naranja, ladrillo. Pienso en sus historias: Nueva York, California, Soleil y Palmas. Pienso qué pasaría si se las regalara...no serían las mismas carteras, cambiarían. Y es que no podemos construir la misma historia, aún cuando las piezas se repliquen con exactitud. 
 Tal vez en eso radica el hecho de que existan seis películas de "Rápido y furioso". Sí, son siempre los mismos autos, personajes y trama; pero no es nunca la misma historia. Y por ahí tendría que intentar ver "ET" y "La historia sin fin", después de todo pasaron 25 años y no soy la misma persona que le tenía miedo a ese extraterrestre "tierno" pero misterioso o al hombre de piedra.
 Supongo que este es el momento en el que me doy cuenta de que mi mente tiene que dejar de repetir incesantemente una historia que nunca va a ser igual. Se trata de terminar con el fantasma mental que come compulsivamente magdalenas rellenas con dulce de leche, como si se pudiera eternizar el sabor de algo que pareció perfecto. 
 Son momentos. Lo que nos da la ilusión de completud, son momentos. Y, aunque en el fondo sepa que la felicidad está hecha de estas ocasiones reparatorias, creo que la nostalgia está construida de esa compulsión de repetición que se esfuerza por rememorarlos con exactitud. Es como comer sin cesar magdalenas, para darte cuenta de que nunca se repite ese primer encuentro, porque "jamás se viven dos  historias iguales".
 Simplemente no hay dos historias iguales. Qué lástima, y qué suerte a la vez; porque comer eternamente magdalenas, sería la muerte del deseo.

martes, 10 de junio de 2014

Necesito una palabra y cambiaré el destino...

 Esto es lo que pasa cuando tengo que cambiar mi hora de terapia por una guardia oftalmológica: Escucho Bandana. Y en un flashback que me remonta sin escalas al año 2000, quemo una tarta.
 Hago un recorrido turístico por una noche maldita y la idea de que alguien pueda convertirse en un demonio cuando la cabeza me da vueltas a mil por hora. No puedo pensar, o ¿no puedo dejar de pensar? Lo ambiguo de la mente femenina, que nunca alcanza el estado de paz donde solo se reflexione sobre el sistema de audio.
 Logré apretar el bloqueo y me llevó a este túnel del tiempo. ¿Dónde estaba en el 2000? Probablemente en una matiné, en esos momentos donde estudiar mucho era subrayar tres páginas de un libro escrito en Arial 24 y las polleras con volados eran el último grito de la moda. De novia con alguien que solo veía en los recreos del colegio y haciendo preboliches al sonido de las Bandana.
 ¿Dónde estoy hoy? En otros boliches, otra moda y quemando tartas; pero rememorando Bandana. ¿Será que en otros 14 años esta actualidad también se vuelva retro? Conociéndome, va a volver a sonar esta música.
 Y mientras escucho los audios de mis amigas, que lejos están del sistema de audio de alguien que no quiso pensar, reflexiono sobre esas situaciones que movilizan. 
 Situaciones que movilizan. Supongo que lo que quiere decir el término, es que hay eventos que nos hacen ver que algunas cosas no estaban en movimiento; que, de alguna manera,  la vida nos llevó a una necesaria quietud. Huelo tarta quemada y pienso en eso: mientras yo entré en automático, el horno seguía encendido y las cosas se seguían cocinando. El olor a masa rostizada, es movimiento.
 Tal vez no es el fin del mundo pasar por Bandana. Tal vez eso quiso decir mi terapeuta cuando dijo que el duelo era desasirse pieza por pieza. Es necesario pasar por la historia, para cerrar. Inevitablemente va a doler, pero las cosas siguen en cocción...y no quiero que nada más se queme.
 A veces me pregunto qué es lo que de este espacio se lee, cuando la historia está escrita entre líneas. Me pregunto si, entre líneas, se puede tramitar algo de lo que mis sentimientos me hacen reflexionar.
 Creo que hace unos cuantos meses, necesitaba quietud de alma. No estaba lista para que las cosas se movieran. Me congelé, como una canción en pausa o un pointer cuando encuentra una presa. 
 "No quiero que me vuelva a doler". Mi sistema de autopreservación me llevó a la quietud, porque no puedo volver a exponerme a una situación de vulnerabilidad. Pedirme que vuelva a ver qué quedo, tal vez con el prospecto de cerrar heridas de bala; es como pedirme que saque mis botas de gamuza a pasear bajo la lluvia. No hay chances de que la gamuza sobreviva el agua y TODOS sabemos eso.
 Tal vez tendría que imprimir este blog y llevárselo a mi psicóloga. Después de todo se muere de la intriga y me ahorraría los minutos que paso explicándole la trama de la película de Sex and the City. ¿Estoy pagando por un "duelo"? No, estoy pagando por movimiento,  porque no quiero ser gamuza en la lluvia. 
 La gente suele decir que no se puede comprar el amor, no sé si es verdad. Lo que sí sé es que no se puede pagar el duelo. Y tapar el silencio, es esconderlo, no vencerlo. Si apago su sistema de audio, esto es lo que siento: "Necesito una palabra, y cambiaré el destino". Por ahí deje de quemar comida o, tal vez, "me voy a otro amor y me olvido".



sábado, 7 de junio de 2014

Show me your colors...

 Últimamente estoy pensando en los colores. Eso es en lo que pienso cuando conozco gente nueva, en sus colores. Cuando me hablan y no los entiendo, me pregunto de dónde viene eso que no capto.
 Empiezo a preguntarme hasta qué punto llega la introspección, y mi gran incógnita es cómo se puede transitar el mundo sin pasar por adentro de uno. 
 Y es que cuando veo a alguien con quién no hablé, y desde el primer momento me cae mal, me cuestiono qué es lo que esa persona está generando en mi. Y cuando me cuestiono, llego a ese patrón que llamamos estructura. Me hace acordar cosas, usa el perfume de alguien más o tiene ese tono de voz que solía irritarme. ¿Es posible llegar siquiera a maquillar las estructuras? ¿O las marcas del pasado generan diferencias irreconciliables con gente que nada tiene que ver con eso?
 Cuando las historias caen por su propio peso, yo entro en introspección. Y sí, mi psicóloga tiene razón, me enojo. Pero no me enojo porque el otro no pueda ser lo que yo quiero, me enojo por la estructura de la situación. Y me pregunto, ¿soy yo? Porque yo soy la única persona de la historia que sigue conmigo. ¿Pensaron eso? Son la única persona en su vida que van a tener que ver toda su vida. 
 Somos como una caja de crayones. Yo los odiaba de chica, nunca entendí por qué Trabi tenía que poner dos tonos de marrones. Nadie quiere usar el marrón, mucho menos dos tonos. ¿Para qué sirve el amarillo? No entendía por qué no podían venir todos los tonos en rosa, verde agua y dorado. Y al final del año, solo quedaban los marrones y el negro íntegros.
 Somos como una caja de crayones. Algunos, los lindos, los usamos más y todo el tiempo. Son los que queremos que el otro vea, los que capturan la atención y cautivan al expectador. Los feos los guardamos en el fondo de la caja, hasta que se generan situaciones donde inevitablemente tienen que salir a la luz. Tenés que dibujar un árbol y necesitás el marrón. 
 Odio el marrón. Lo odio como color y lo odio como palabra. La tendencia a alivianarlo y crear un color alternativo que se llama "suela" salvó mi vida. Pero el marrón es parte de la caja de colores, y hay que verlo en la introspección de esta estructura.
 ¿Son mis colores? ¿Es la historia o somos nosotros? Eso es lo que me sigo preguntando. Porque si es la historia, hay alguien más que pueda hacer que la vida sea como una caja de crayones pastel. Pero, si somos nosotros, entonces esta es una modalidad de vinculación que se va a replicar en todas las películas venideras.
 Ese color de crayón que no nos gusta está en la caja. Suelo ser muy honesta con mis colores, porque creo que es la única forma de vencer algo de esta estructura mental. Estos son mis verdaderos colores...tengo más ropa de la que puedo usar, me cuesta un poco dejar las cosas atrás, hago muchas preguntas y me llama la atención lo que no puedo explicar. Siempre pido los mismos gustos de helado y solamente tengo una caja de cereales sin azúcar en mi alacena. Me gustaría adoptar a todos los abuelos del mundo y me enojo cuando llueve. No tolero a la gente que come sin respirar y no puedo masticar frutillas o tomate. Canto cuando me baño y me peino antes de dormir. Creo que mi vida es un musical y vi más de 10 veces "The devil wears Prada". Sueño con escuchar a las ballenas cantar como me contó una vez mi papá y nunca lloro en público. No me sé hacer las uñas sola y creo que odio a las tortugas. Cuando me enojo no hablo y si alguien construye un castillo de cartas tengo que luchar contra mi deseo interior de tirarlo. 
 Me pregunto qué tantas cosas pueden haber cambiado en un año, porque ahora me gusta el fernet y como sushi, no barro mi departamento todos los días y aprendí a usar pagomiscuentas. Y es que tal vez, en la medida que el tiempo pase, más colores míos conozca...y más extraños seamos. Pero si conozco mis colores y entiendo cómo dibujo, entiendo cómo seguir.
 Y ojalá entendiera los colores de los demás, en vez de tener que leerlos entre líneas. Ojalá fuera psíquica, en vez de psicóloga. O, mejor aún, ojalá todos vinieramos con nuestra paleta de colores adjunta para que el otro lea. Ojalá fuéramos más claros.
 Necesitaría que alguien me muestre sus colores, porque me siento hechizada por lo que no puedo ver. "Show me your colors...Don´t break the spell I´m in, please don´t break my heart. Tell me who you really are".

Jaque al Rey...

            Hace tiempo empecé a experimentar una sensación. De esas que nacen del medio del esternón y te contraen como si fueras a echar...