miércoles, 9 de septiembre de 2015

Now we are bound to be a Heartbreak Situation...

 Últimamente me estuve preguntando por esas situaciones que voy a llamar "Heartbreak Situations". Esas historias a medias, historias incipientes donde solo uno de los lados del campo de batalla tiene armas. Esos escenarios donde en la cabeza de una de las partes corre una película de Woody Allen y en la otra se pasea suavemente un cardo en el desierto. 
 Son esos momentos en los que alguno de los personajes calcula los minutos para mandar mensajes sin parecer un acechador serial, un intenso o un enamorado. Mientras el otro está pensando en el vestido estampado que vio en Av. Santa Fe, en lo que quiere para su cumpleaños o en si hacerse el baño de crema en el pelo hoy o mañana. 
 ¿Es necesario permitir que las expectativas del otro crezcan en un mar de intercambios poco claro? ¿No somos crueles cuando no explicitamos el contrato que estamos dispuestos a cumplir? 
 "Está enamorado. Pobrecito", "Está enamorada, qué boba". Nos parece divertido, pero sabemos que no va a llegar al verano. Le parecemos lindas, pero sabe que tenemos fecha de vencimiento. Lo encontramos simpático, pero una vez por semana es más que suficiente. Le parecemos divinas, cuando se acuerda.  
 Y mientras uno se lima las uñas y piensa qué cenar, el otro desmargarita el corazón y lee en entre líneas. ¿No estuvimos todos ahí? ¿Cuántas veces se acercaron a alguien para acercarse a alguien más? ¿Cuántas veces salieron con alguien porque se les canceló otro plan? ¿Cuántas veces terminaron una cita mintiendo sobre lo bien que la pasaron y no contestaron más mensajes? ¿Cuántas veces escucharon un "te llamo"? y ¿Cuántas veces mintieron un "Te llamo"? ¿Cuántas veces nos prestamos a una "Heartbreak Situation"?
 De cada cinco historias, aproximadamente tres están destinadas a colapsar en las expectativas de alguna de sus partes. Y no es culpa solo del ilusionado, es también culpa del desenamorado que tiene su libido en el vestido estampado y su cumpleaños. ¿Por qué? Porque las (pseudo) relaciones implican un contrato (psicológico) que escondemos impunemente.
 Él quiere algo, ella quiere otra cosa. Él quiere enamorarse, ella sabe que no va a pasar. Pero él la invita a salir, y ella acepta. Y en un contrato que no llega a explicitarse, de expectativas diferentes, nace esta "Heartbreak Situation". 
 Él quiere ir a todos los terceros tiempos, correr todas las carreras, tener todos los viernes con sus amigos, dedicarse a su carrera, invertir en sus autos, viajar solo. Ella quiere un jardín, un perro y un viaje a Paris, construir su carrera, no rendir cuentas, ocupar toda la cama y lavar un solo plato. Y en un contrato que nadie firma, de expectativas diferentes, nace una situación que está destinada a romper el corazón de alguno. 
 Aprendemos a vivir en situaciones contractuales precarias, justificando la falta de claridad de las partes con nuestra incapacidad de leer expectativas que nunca llegan a ponerse en palabras. Porque, de cada cinco contratos, tres no están firmados. 
 Y cuando nos conocemos, ya lo sabemos. Yo sé que no me voy a enamorar de tu obsesión por el auto, vos sabés que no te vas a enamorar de mi TOC de ordenar los Sugus por color y prioridad. Yo sé que no me voy a encantar con tu necesidad de silbar cuando hay demasiado silencio, vos sabés que no te encanta que cante en la ducha. Yo sé que no hay chance de que acepte el uso de jogging un día que no sea domingo, vos sabés que no  vas a tolerar que me cambie dos veces por día. Yo sé que no voy a entender cómo un comic entra en una categoría literaria, vos sabés que no vas a entender cómo de cada tres libros que empiezo, solo llego al final de uno. 
 El problema es cuando esta información, solo la tiene una de las partes. Él sabe que nunca va a entender cómo alguien tiene 38 collares, y vos te enamorás de sus joggings. Vos sabés que no hay chances de que te enamores de alguien que le puso nombre a su auto, él ama cómo catalogas tus Sugus. Porque la información es poder y, la falta de información, precariza los contratos relacionales. 
 Y así entramos a la vitrina de Heartbreak Situations, de crónicas anunciadas por una voz interior que sabe que algo no va a funcionar. Y nos atamos a esta situación que vivimos evitando, donde te rompo el corazón, antes de que rompas el mío. 






miércoles, 2 de septiembre de 2015

In your wildest dreams...

 Faltan casi veintiocho días para mis treinta años. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que el día que cumplí mis 15 años nació un bebé en algún lugar del mundo, que ya está preparando su fiesta de quinceañera. ¿Qué agradezco? Que mi papá haya vetado mi fiesta y me haya ahorrado fotos con un vestido del que podría arrepentirme hoy. 
 Y me pregunto, ¿qué pasó en todo este tiempo? Gente, viajes, aproximadamente 90 cortes de pelo, 10 perros, 2 tortugas, 1 gerbo, 4 visitas a Disney, 2 blogs, 15 cartas románticas, más de 100 exámenes, por lo menos 30 resfriados y algunas cicatrices. Outlook, ICQ, MSN, Blackberry Chat, Whatsapp. Algunos aumentos de graduación en mis anteojos, 9 casamientos, 4 trabajos, 1 carrera universitaria, 1 posgrado y, al menos, 6 deportes abandonados. 
 En treinta años me enamoré ocho veces (Sí, me tomé el trabajo de contarlas). Y, me "enamoré" (En el subte mayormente) por lo menos cien veces más que eso. 
 Alguien me dijo hace poco, que pensaba que yo era una de esas personas "enamoradas del amor". Y me gustó. Me gustó porque contrasta con el lado más cínico que otros leen de mi. Me gustó porque, en algún punto, es real. 
 Entonces me puse a pensar. ¿Qué es estar "enamorado del amor"? La respuesta que encontré es que es la única esperanza del amor. No es creer en los cuentos de hadas que implican la existencia de una historia única para cada ser vivo. No es amar la idea de que el destino preparó un encuentro único para cada persona. Definitivamente no es creer en el "vivieron felices para siempre" o en un tsunami de mariposas que se extiende por el fin de los tiempos. 
 Estar enamorado del amor, es la posibilidad de creer en el dinamismo de este sentimiento que nos une a otra persona. Es creer que cuando un blazer cumple su ciclo y se llena de pelotitas (Analogía válida solo para mujeres), existe la posibilidad de encontrar otro y sentirse diferente. Que la play no deja de funcionar si se rompe el joystick (Analogía válida solo para hombres) o que podemos volver a correr con zapatillas nuevas. 
 "Vos estás enamorada del amor", no significa que no estás enamorada de alguien. Significa que podés enamorarte eternamente. Que tu cuerpo no deja de servir, si un blazer no funcionó. Significa que podés construir historias diferentes, en distintos momentos de tu vida. 
 Y me hizo pensar en todas estas historias. Historias de "blazers" que admiré y de los que me enamoré por mucho o poco tiempo. Pero sobre todo me hizo pensar en esas historias que no pudieron ser. 
 Porque cuando quiero pensar en el amor, mi mente no me lleva a los cuentos que se acabaron. Me lleva a una de esas historias que no fueron. Y no entendía por qué, hasta hoy. ¿Es parte de la sabiduría de los 30? ¿Cuando llega el super poder de levantarse automáticamente a las 8 AM, dominar el sudoku y convertirme en deportista?
 Mi mente vuelve a esta historia de amor que no fue, porque es un relato que por siempre mantiene algo de actualidad. Es como ese tapado de Jazmin Chebar que viste en 2011 y no compraste. Porque no era el momento, porque manejaban "números" diferentes, porque alguien más lo estaba usando, porque vos usabas otro tapado. Pero compartieron algo. Idílico, fantaseado, de contemplación a los pies de su vidriera; de deseo. Y no es como el tapado que sí compraste, porque tu deseo no se esfumó adentro de una canasta de beneficencia, una pérdida no premeditada o un error de tintorería. 
 Las historias que no fueron, son historias perfectas. Suelen ser historias prohibidas, desubicadas en tiempo y lugar; pero deseadas. Y no es que por siempre nuestro deseo invista a estas figuras, pero sí las recuerda con pasión. Y es esta pasión la que nos enamora del amor. 
 A veces creo, que si esta historia particular hubiese sido posible, si hubiésemos cambiado de tapado, si hubiésemos corrido un riesgo o nos hubiésemos olvidado de los "números"; tal vez sería simplemente una historia más entre las ocho. Si hubiésemos dicho que sí, ¿habríamos elegido desenamorarnos del amor?
 Son sueños salvajes, los que hacen a las historias de amor  en pausa perfectas. Y son restricciones las que nos enamoran del amor. Desde lejos, admiramos lo que del otro nos encandila. En retazos de una historia que no se convierte en historia, proyectamos lo que esperamos del amor en otro que lo prolonga eternamente en el tiempo. 
 Estar "enamorado del amor" es enamorarse de las sensaciones que el otro nos provocó. No poder tenerlo, mantiene vivo y entero al deseo. Prolongarlo, lo convierte en un recuerdo que cristalizamos en la idea del "amor". Es como solo recordar el momento en el que la montaña rusa cae o el suspiro profundo de cuando ves el tapado por primera vez en la vidriera. 
 Y cuando me olvido de cómo es el amor, es una de estas historias la que recuerdo. Porque nos recordamos así. Yo; con mis vestidos de verano y rubor en crema, con mi uniforme del colegio o mi cartera llena de apuntes de la facultad, encontrando excusas para pasar con el auto por su vidriera. Él; tratando de convencerme de que necesitaba menos cosas en la vida, con su pelo perfecto y sus años de facultad dejados muy atrás, encontrando excusas para que pase por su vidriera. Yo; enamorada de la idea de que menos era más. Él; pensando que más, era imposible. Y nos siguen los recuerdos, yo con más años, que siguen sin sumar para él. Nos quedan los sueños salvajes, que nos enamoran del amor. Yo lo recuerdo perfecto, con la misma sensación que a los 16, a los 20 y a los 25. Él me recuerda en mis distintas versiones, desde mi pollera tableada, hasta mi rush rojo. 
 Y, como toda historia que no fue, nos volvemos a ver; aunque solo sea en nuestros sueños más salvajes. "Wildest dreams".

sábado, 8 de agosto de 2015

Some things are better left unsaid...

 "Necesito que me convenzan de no mandar(le) un mensaje". 
 La vida se para y el teléfono congela el reloj, tu actividad y tus pensamientos; que circulaban sobre la decisión de qué almorzar, se camuflan y van directo a otra encrucijada. 
 ¿Cuántas veces hemos mandado este tipo de mensajes, directa o indirectamente? A veces no somos lo suficientemente valientes como para admitir la duda del deseo, y lo expresamos simplemente como una afirmación. "Voy a mandar(le) un mensaje", esperando del otro lado la campana más conciente que frene este empuje inentendible, esta sensación de que un solo "click" va a hacer más liviana la ansiedad que nos acompaña después de un encuentro, un recuerdo, un día de lluvia. 
 ¿Y entonces? Lluvia de ideas, lluvia de posiciones. La que vela por el amor de telenovela y que todavía cree que Mufasa sigue vivo en algún rincón de Disney: "Mandalo, si te hace sentir mejor". Acobijando la fantasía de que este mensaje podría retornar en algo diferente a la ignorancia o la muerte del deseo. La voz más conciente, pegada a la realidad, con los pies en la tierra y casi descorazonada; que te ordena desde su lucidez: "No lo mandes. Te va a hacer mal". Y la que encarna a tu terapeuta en su receso semanal y te invita a esa reflexión (que claramente querías evitar mandando este mensaje): "¿Por qué?", "¿Qué vas a decir?", "¿Qué esperás de esta situación?". 
 Si elegiste bien a tu círculo íntimo, vas a tener todas estas respuestas en sus distintas variedades y colores. Vas a leer sus posiciones, vas a asentir con cada una de sus posturas y vas a seguir sientiéndote como el orto. ¿Al final? Vas a hacer lo que se te cante, como siempre. 
 No puedo juzgar, mi historial me condena. Dudo que cualquier mujer pueda juzgar, porque si no se identificaron con esta situación, probablemente no hayan ingresado aún al género. 
 Cuando miro estas novelas ajenas, o las vivo desde mi propia diaria, no hago más que preguntarme. Sí, mea culpa, soy esa voz de la conciencia que te va a preguntar "¿Por qué?". ¿Por qué ante el silencio de radio ajeno necesitamos insertar ruido? ¿Por qué ahora? ¿Por qué a él? ¿Qué le dirías? Y, lo más importante, ¿qué fantasía te creaste sobre la repercusión de este mensaje? ¿Qué pasa si esa fantasía, no se cumple?
 A veces, antes de aconsejar, trato de ir más profundo, porque no quiero proyectar mis errores. Mi psicoanalista me dijo una vez que tiendo a callar mucho, por controlar aún más. Y yo le dije que, algunas cosas, es mejor dejarlas no dichas. 
 "Necesito que me convenzan de no mandar(le) un mensaje". 
 Y después de las preguntas, después de la cruel confesión de que en el silencio de radio se puede leer la intención de los demás, voy a aconsejarte que lo mandes. Pero antes, voy a ayudarte a hacer un recorrido por la historia. Por el día en el que le planchaste las camisas y no lo hiciste dormir en el sillón, el año que no te saludó en tu cumpleaños, la semana que lloraste en el piso de tu living, el mes que gastaste 3000$ en Cerini, el año que no te fuiste de vacaciones porque había que ahorrar, la fiesta que te dejó sola en el boliche, el finde que te hizo llorar a 500 Km. de distancia, cuando te cortó el teléfono en otro país o te dejó en el auto cuando lo acercabas a su casa. La foto que te mostraron donde estaba con otra persona usando el sweater que vos le regalaste, los mensajes que no te contestó, los mails que te mandó cuando se enteró que todo estaba mejor. Los regalos pedorros de cumple que aceptaste como una campeona poniendo buena cara, cuando aprendiste a "cocinar", los partidos de Boca que viste para entender de qué mierda hablaba. Esa vez que te adornó con elogios e insistió que se iba a arrepentir de no ser la persona para vos.  
 Y entonces, voy a aconsejarnos a todas mandar(le) ese mensaje al muerto vivo del pasado que nos cruzamos en alguna calle de Buenos Aires. Pero, ya que vamos a tirar un monólogo en la línea de tiempo averiada de una historia cerrada, no guardemos nada. 
 Porque últimamente noto que las mujeres tenemos esta tendencia pseudo destructiva, pseudo Laura Ingalls o Ned Flanders, de hacernos las copadas con el pasado. Mandamos mensajes con buenos augurios o reflexiones benévolas de una evaluación de Historia que claramente reprobamos. Y después puteamos cuando recibimos respuestas vacías de contenido armadas sobre clisés políticamente correctos como "Gracias. Beso."
 No mandemos un "Qué lindo verte", un emoticon de un mono sonriente o un mensaje vacío. POR FAVOR no mandemos un audio de "Hola, ¿cómo estás?" o un "Mirá lo que encontré" con una imagen adjunta polvorienta de algún verano compartido. (La dignidad ante todo). 
 "Necesito que me convenzan de no mandar(le) un mensaje".  
 No lo mandes. No querés mandar(le) un mensaje, querés recibir una respuesta, querés controlar al otro y poder cambiar la historia que llevó al silencio de radio. 
 Hay muchas razones por las cuales algunas cosas, mejor dejarlas no dichas. Cuando ya las dijimos, cuando no sabemos decirlas y cuando el otro no sabe/puede escucharlas. No hace falta que nos digamos que es lindo vernos, que seguimos con nuestra vida, que no nos necesitamos y vamos a estar bien. Algunas cosas, mejor dejarlas no dichas. Gasten en Cerini, le hace mejor al corazón que el silencio de radio. 


viernes, 24 de julio de 2015

You change your mind, like a girl changes clothes...

 "Me salió la minita de adentro".
 Me sorprendo a mi misma cuando mis amigas sostienen estas confesiones. "Sos minita", ¿Qué tendría que haberte salido? ¿Un león? ¿Heidegger? ¿Una canción de Babasonicos? ¿Kung Fu Panda?
 Aparentemente la aparición "minita" es la retirada poco elegante, donde nos salimos de escena con un comentario que maquilla una especie de reproche. Esconde la impronta de "No me importa, pero me re importó", "Hacé lo que quieras, pero esto no estaría siendo lo que yo quiero que quieras". Es ese pseudo fallido donde lo que queríamos decir nos sale para el orto. Pero sale. 
 Y esta estrategia fallada no la usamos solamente cuando queremos algo con todo nuestro corazón. Significando por "(lo que queremos) con todo nuestro corazón", algún capricho o deseo que nos ocupó ese día. También se nos suele escapar cuando queremos que el otro se percate de lo que nos cuesta decir directamente. ¿Qué esconde? Falta de terapia, histeria y un poquito de frustración. 
 ¿Entonces? Hay que diferenciar el ser "mina" o mujer, de los "momentos minita". Y creo que a eso apuntaba esta confesión. Porque, por más maduras y pensantes que seamos, todas tuvimos uno de esos "momentos". 
 Desde "Hacé lo que quieras", "Te lo paso por mail, CERO drama", "Ya tenía planes igual ( No mientas, tus planes son Mac Donald´s en la cama -> todas lo sabemos), "Sin apuro, VAMOS VIENDO", hasta frases más condenatorias que atentan contra nuestro "no minismo". Frases donde todo lo que escondiste en esas otras afirmaciones copadas, hace erupción del volcán del "minismo". Y sos un poquito más cruda, un poco menos sutil y algo más aminada. "La dejamos acá, olvidate", "No entiendo para qué me escribís", "Adiós para siempre, comprate una bufanda como la gente".
 ¿Dónde está el problema? ¿En un otro que también roza la histeria? Pero, ¿y cuando el otro es sincero y cercano, pero lo que desata el caos es la incongruencia de deseos? 
 El problema está en la mediación que permita elaborar mensajes que el otro pueda decodificar. El problema está en cómo codificamos. Porque los hombres, no traen la lectora de "minita" en su hardware y no tienen la app en su software. 
 Y nos entiendo, nos super entiendo. Porque yo tengo el software, un poco viruseado algunos días, desinstalado otros. Pero me pregunto qué podemos hacer para solucionar estos desencuentros comunicacionales en las relaciones del día  a día. 
 Hay que aprender a codificar. Hay que buscar la herramienta que nos permita elaborar oraciones A) Ubicadas en tiempo y espacio, B) Con hilos lógicos, C) Más concretas, D) Claras, en la medida de lo posible.
 Hay que aprender a codificar adaptándose al interlocutor. Porque ahí donde no nos pueden leer, es ahí donde entramos en la zona "minita". "¿Qué le pasa a esta mina?", "¿Te enojaste?", "Te juro que estoy resfriado, te mando la foto del termómetro" y, la peor, "Dale. Beso" (No entendió NADA). 
 Codificamos mal chicas. Queremos helado y  decimos que queremos una manzana, queremos salir con él y perjuramos que ni locas aceptaríamos la invitación, queremos un tapado en nuestro cumple y nos quedamos mirando la vidriera de Jazmin con cara de anhelo (Como si se dieran cuenta. Piensan que estás viendo todo o tu reflejo en el vidrio). 
 Codificamos como nuestro peor enemigo. ¿Es tan difícil decir "Quiero helado"? ¿Es imposible decirle "No te quiero ver más"? ¿Es impensable aclararle "Para mi cumple andá a Jazmin Chebar"? 
 Pero eso no es todo. Decodificamos peor. Porque queremos pasar sus CD´s por la lectora "minita". "Me dijo que se queda en la casa, pero EN REALIDAD me frizó", "Quiere un juego de la play, pero yo sé que en realidad quiere las Nike para correr los domingos". QUIERE EL WINNING 2023, sacá el CD de esa lectora YA. 
 Codificamos mal, porque decodificamos para atrás. Es como dar vuelta la cinta de un cassette, como pasar un mensaje al jeringoso o querer ponerte un guante en el pie. Y en este tumulto inestable de mensajes que nosotras mismas generamos a partir de una lectura neurótica y segmentada; pensamos que su mente cambia tanto como nosotras de ropa. Gestamos amores bipolares sobre un andamio de (mala)codificación. Frío, caliente; sí, no; adentro, afuera; arriba, abajo; blanco, negro; peleamos, terminamos; besamos, reconciliamos. No nos queremos ir, y no nos queremos quedar. Todo esto en un día, en nuestra propia cabeza-computadora.   
 Ellos hablan castellano, nosotras los leemos en arameo. Los analizamos como si sus mensajes fueran pistas de un crucigrama, del que no están ni enterados. Pero eso solo...cuando estamos en "minita".




lunes, 20 de julio de 2015

So you think that you're the one who's up in score...

 "Los viernes son ese día donde el marcador vuelve a cero, y los lunes son el día donde se cuentan los puntos". No dejo de regalarle frases neuróticas a mi psicóloga, dándole gratis material en demasía para su próximo best seller.  
 Pero estuve pensando, en este concepto que me gusta llamar "El marcador". ¿Qué es? Es uno de los tantos inventos de la mente femenina. Otro entre tantos; como la sobredimensión de la celulitis o la existencia del frizz, la culpa al comer una galletita o las velas aromáticas.
 El marcador se erige sobre un complejo sistema de reglas de nuestro género. Si usas escote, no usas nada corto abajo; si usas vincha, no te ponés collar y la que canta "pri", compra los derechos. Esmalte negro y rojo son neutros, y el dorado va con todo. Para leer el mensaje hay que esperar cinco minutos y, si tenés la fortaleza suficiente para clavar el visto y no contestar por una hora, merecés el Premio Nobel de la soltería. Nunca digas que sí en seguida, porque el misterio es la clave del encantamiento y tampoco digas siempre que no, porque la negativa crónica es la receta del freezer. 
 No uses pollera la primera vez que salís, sacá siempre la billetera y el pelo va suelto. Reíte de algún chiste, proponé alguna salida y nunca hables de un ex. Tu perro no es tu hijo y no confieses que no sabés estacionar. Si hay una araña, dejá que la espante él y nunca critiques a Boca.
 Reglas que pensamos nos ponen a la cabeza del juego, como si fuera posible garantizar el éxito. Reglas simples que, cual paradoja, complican las situaciones. Porque, mientras nos soltamos el pelo, elegimos el estampado, colocamos el esmalte, dejamos la billetera a mano y practicamos la risa sutil que se aleje del ruido de chancho; no hacemos más que pararnos sobre "el marcador". 
 Para los deportistas, "el marcador", es como la analogía de quién tiene la pelota en la cancha, cuántos goles hizo cada uno, quién defiende y quién ataca. Cada uno dueño de un arco, persiguiendo un tanto.
 "Él me mandó un mensaje", "Yo corté la conversación", "Él no respondió", "Yo le dije que estaba libre", "Él mencionó un bar", "No pasaron tres días", "Me clavó el visto", "No abrí su mensaje", "No entiendo qué dijo", "No sé qué contestar", "No entiendo qué le quise decir", "...". 
 Leemos tildes de Whatsapp, leemos entre líneas lo que nos decimos (como si siempre quisiéramos decir más de lo que expresamos), ponemos palabras en la mente ajena y la llenamos de intenciones. 
 Leemos tildes de Whatsapp porque vivimos paradas sobre un marcador, donde siempre queremos que le toque al otro anotar.  
 Porque para la mente femenina, este mundo exótico, es como un tablero de ajedrez. Donde cada uno tiene sus piezas, sus movidas y su reina que proteger. Nos cuesta ver las movidas como inversiones donde el orgullo queda de lado, sufrimos cada pieza perdida en el marcador como si desgarraran las vestiduras de nuestro orgullo. 
 No nos culpo a nosotras. Culpo a nuestra neurosis de grupo que nos hace (mal) aconsejarnos mutuamente. Culpo al imaginario social que nos pone en este lugar donde tenemos que jugar la carta de la "copada" o "desinteresada", porque en la mínima pizca de interés nos catalogan de enamoradas. 
 Culpo al sistema de reglas truchas que fuimos heredando de siglos de mujeres que nada aprendieron sobre las relaciones. Culpo a Whatsapp y sus tildes psicóticas, sus horarios de conexión y registros de chat. 
 "El marcador", solo hace que nos quedemos inmóviles protegiendo nuestro arco; sin correr la cancha y marcar goles. Y empiezo a preguntarme si no es hora de desgarrar las vestiduras de este orgullo que nos hace sufrir cada tanto que erramos. Porque las mujeres nos martirizamos cuando queremos ir por algo que realmente nos gusta, pero no podemos simetrizarnos con este otro género que "copadamente" siempre lo hace. 
 ¿Será porque ven más fútbol? ¿Estaremos fallando porque nuestra mente no fue diseñada para entender el concepto de off side? 
 Es fácil, simplemente hay que tomar el control y soportar alguna que otra tarjeta amarilla. Es más práctico que vivir paradas en un arco. Avanzar y soportar perder algunas piezas, es más productivo que quedarse a proteger la reina y empatar el  juego. 
 Nos subimos a este sistema de reglas, que cual señales de tránsito nos mantienen "a salvo", pensando que estamos a la cabeza en "El marcador". Jugamos mal, jugamos a empatar el Ta Te Ti. Pero el marcador no lo gana el que se retira primero, sino el que intenta avanzar. 






domingo, 19 de julio de 2015

There´s a foot for every shoe...

 "Aguanten los revivals (...) que no es lo mismo que (un) muerto vivo". Esa fue la conclusión de una gran pensadora contemporánea en un grupo de chat que leyó el compilado de distintas historias del final de una semana atípica y el inicio de un fin de semana abarrotado. 
 Conclusión adosada a mi confesión de que es injusto cómo la vida nos lleva de la sequía a la exposición irracional a múltiples "estímulos". Es imposible concentrarse en una batalla, cuando hay demasiados frentes abiertos. Y ese es el momento exacto en el que necesitamos que el horóscopo nos tire un centro logístico. 
 Es como la película de los fantasmas de la Navidad. Personajes pasados, presentes y futuros conviviendo en una misma escena; solo pueden hacer que la cabeza explosione.
 Déjenme hacerlo más gráfico. Hace dos semanas decidí que "necesitaba" zapatos, porque los que tenía habían cumplido su ciclo. Compré dos pares, me regalaron otros dos. Y, de repente, tenía demasiado calzado. ¿Cómo elegir cuál estrenar? ¿Cómo hacer ante las ganas de estrenar un par, sin sentir culpa por dejar de usar los que tanto nos aportaron? ¿Cómo resolver el deseo de querer usar todos a la vez sin parecer una loca?
 Me pongo botas, me cambio la remera porque es muy larga y me acorta las piernas. Miro de reojo los tacos, me cambio el jean. Veo las zapatillas, me saco una bota y me pruebo una zapa. Miro los abotinados y paso a una pollera. Y, sin pensarlo, termino exhausta, acostada en la cama mirando el techo. Con un pie descalzo, unas can can a mi derecha, un taco a medio calzar y una bucanera en mi mano izquierda. Dos pares de zapatillas a los pies de la mesa de luz y unas chatitas en el baño. Dejando tras de mi cabeza confundida, un rastro de zapatos de entre los cuales se me hace imposible elegir. 
 Qué complicada la vida. Pero no solo porque es complicado elegir, sino porque la experiencia me ha enseñado que voy a elegir guiada por un capricho que no me lleve al mejor puerto. Voy a terminar transitando la Ciudad de Buenos Aires con un calzada poco cómodo para la noche. 
 Voy a demorar demasiado en elegir. Y, cuando lo haga, los zapatos van a haber pasado de moda. O, voy a gastar mucho tiempo en decidir, solo para darme cuenta de que las opciones ya no están sobre la mesa o nunca lo estuvieron. 
 Es como cuando recorremos mentalmente nuestro placard a las tres de la tarde, intentando decidir cual escena de "Clueless" el outfit de la cena. Pensamos que arribamos a la mejor combinación, con 110% de convicción de que todo va a encajar, solo para darnos cuenta a las 22 Hs que el vestido era muy corto y no tenía el color que recordábamos. ¿Entonces? No tenemos los zapatos que vayan con eso. 
 Fantasmas de la Navidad pasada, presente y futura. Contentas porque apareció el que esperábamos, frustradas porque aparecieron los que no esperábamos. De uno no te acordás el nombre, del otro no entendés lo que quiere y el último no sabías ni que estaba en la baraja del año. 
 Tu mente neurótica te hace sentir que tenés que "elegir", como si esta fuera la última batalla de tu vida. Pero, en el fondo, sabés que son solo apariciones efímeras y no hay nada que decidir. 
 Porque la escena "romántica" es así. Ilusiones sobre apariciones austeras, que se adornan neuróticamente llenando los vacíos de Whatsapp con escenas de películas de Julia Roberts. 
 Hace muchos años les dije que "toda escoba nueva, siempre barre bien", en función de una creencia de que un otro desconocido puede tener todo lo que el conocido no tiene. Les dije también que uno siempre es escoba nueva en el placard de un otro que no nos haya frecuentado antes. Bueno, la analogía de los zapatos funciona de forma similar. 
 Si elegimos mal el zapato, el que no calzamos se convierte en esa escoba que barre bien y deseamos. Y, seguramente, nosotras también aparezcamos cual zapatos para el otro. ¿Cómo? Con un mensaje desde el vacío, haciéndole creer que estamos como una opción en su baraja,
 Lo que me pregunto a veces es para qué pierdo tiempo en elegir de entre este torbellino de zapatos, cuando al final del día no se concretan los escenarios  para sacarlos a pasear. Básicamente es como mirar vidrieras sin comprar, como dejar una seña. Nos imaginamos subidos a sus suelas, pero todo se dilata. 
 Sé que no voy a elegir las creepers de hace dos años. Les di una oportunidad y me hicieron mal a los pies. Invertí mucho tiempo y energía, y terminamos yéndonos con distintos pies antes que nuestra inversión rindiera frutos. Tampoco voy a elegir a los abotinados, que me hacen sentir segura cada vez que salimos a pasear, pero se esconden en el fondo del placard los fines de semana. Definitivamente no quiero salir con los acharolados más altos y lindos de la temporada; esos que todos miran, que te hacen sentir que tenés que vivir envuelta en lentejuelas y con pelo de peluquería, que te hacen pensar que necesitás sobreadaptar todo tu placard a ellos. 
 Tal vez elija las zapatillas. Clásicas, llamativas, todo terreno. O las bucaneras. Setentosas, cancheras, estilizadas y divertidas. Tal vez elija lo que me presente oportunidades concretas de pisar el asfalto, o no elija nada. Porque no sé si se trata de "tener que elegir" entre revivals, muertos vivos o nuevos personajes; o si en el fondo se trata de que hay un pie para cada zapato. 





jueves, 16 de julio de 2015

Fantasmas en la casa prometen salir...

 "Algo está mal". Ese es el mensaje que me acaba de transmitir mi casilla de Gmail en el sector donde debieran desplegarse los contactos de chat. Por supuesto que no podía regalarme esa frase a secas, tuvo que adornarla con una especie de cara amarilla moribunda. 
 Y mi primer pensamiento fue "Google te juro que nada está mal" (De hecho, está bastante bien). Refresh y la lista desplegable de contactos aparece con la magia de la tecnología. 
 No suelo usar este medio de conversación. Hace probablemente más de un año que no chateo por la mensajería instantánea de Gmail y tengo solo cuatro contactos. De los cuatro, tres son fantasmas que guardan historiales que no visito hace tiempo y el cuarto ni siquiera sé quién es. 
 "Algo está mal". Y mi segundo pensamiento fue asentir. Porque está mal tener una lista desplegable de historias pasadas que no me permito visitar ni para recordar. 
 Esta semana cambié mi día de terapia, demostrándome a mi misma que soy más flexible de lo que pensaba. Recorrí todo el camino desde la boca del subte hasta el lobby de mi psicóloga pensando en todas las novedades que quería contarle. Historias de pochoclos y apellidos, mi impulsiva compra de zapatos que me hacen medir un metro ochenta y mi cuestionamiento a la pareja que no dejó de chapar ni un segundo de los treinta minutos del trayecto de la línea D (ughh). Pero la forma de masticar no hizo más que una fugaz aparición en la sesión. 
 ¿Por qué insistimos en planear las sesiones terapéuticas? Si somos presos de mensajes inconcientes que determinan el recorrido del monólogo. El inconciente tendría que tener un trabajo part time para hacerse cargo del gasto de la terapia. 
 Ella quería hablar de mis complejos, mi inconciente de mis fantasmas y yo de los pochoclos. No necesito decir quién ganó, basta con aclarar que no fue la parte de mi que determina qué me pongo a la mañana y sabe hacer cuentas matemáticas. 
 ¿Por qué planeamos tanto, si dominamos menos de un tercio de lo que nos domina?
 Estuve ordenando mi casa; tirando zapatos y collares, maquillaje vacío y recuperando ese accesorio capilar que cotiza en bolsa: invisibles. Pensé que mis espacios estaban actualizados; pero a cada cajón o carpeta de la notebook que abro: fantasmas. Y apretar "delete" en la compu es super fácil, pero materialmente las cosas parecen no sucumbir a la desaparición. 
 Creí que había terminado la limpieza, hasta que encontré un album de fotos. En primer lugar me pregunté a mi misma qué clase de "milenial" o nueva generación soy, si sigo imprimiendo recuerdos en papel. En segundo lugar pensé quién mierda me aconsejó usar una remera llena de volados a los 22 años. Y, para terminar, dudé sobre qué hacer con fotos que uno definitivamente no quiere tener en su departamento tamaño hobbit. 
 ¿Las tiro? La idea de que nuestras imágenes estén dando vueltas por la basura me generó una sensación algo siniestra. ¿Las rompo? Mi herencia gitana me susurró que eso tiene apariencia de gualicho y definitivamente tiene que dar mala suerte. ¿Las quemo? La mujer de casi treinta años que habito me recordó que esto no es la fogata de "Verano del 98" y no soy muy hábil con los fósforos. 
 ¿Entonces? Las escondí en el cajón donde pongo todo lo que no sé dónde poner. Llaves de casas que no visito, el pase del peaje que ya no uso, el control del portón automático cuyo motor se rompió y los ganchitos de la cortina que se van saliendo y me da mucha pereza volver a colgar. 
 Necesitaba vaciar ese cajón. El pase del peaje ahora es un sticker. ¿Qué sentido tendría quedarme con un dispositivo que ya ni funciona? ¿Por qué llevé el "pase del peaje" a terapia?
 Tirar el contenido de ese cajón, fue más difícil que tirar ese collar roto que tanto quise. Creo que habría sido más fácil donar todos mis relojes y cortarme todo el pelo. Pero lo hice. 
 Di vuelta el cajón en la basura. Honestamente fue una escena digna de Hollywood. No por mi glamour, porque mis calzas y maxi sweater no son mi mejor outfit, sino porque creo que dejé de respirar por unos segundos y miré petrificada el tacho durante bastantes minutos. 
 Y es que los fantasmas en la casa siempre prometen salir, pero no lo hacen solos. La experiencia me dice que necesitan algo así como un "exorcismo" y unos kilos de terapia. 
 Llevo cajones a terapia, y los doy vuelta en la basura de mi casa. Es como abrirle la puerta a los fantasmas de la casa. Y es liberador. Tengo esta sensación de querer dejar ir todo. Carpetas de Drop Box, albumes de fotos de la compu, cartas, medias que ni sé de quién son. Entonces me recuerdo a mi misma que puedo ser un poquitito compulsiva, y que mida este impulso porque voy a vaciar el departamento.
 "Fantasmas en la casa, promenten salir". Pero no, no, no; entonces los echo. Y no los echo porque haya descubierto nuevas formas de masticar que no me irritan, porque no pueda con el recuerdo o porque me den miedo. No los echo porque sean mensajes inconcientes que me quieren hundir o porque no haya salido favorecida en las fotos del pasado. Los echo porque necesito el lugar. El lugar para mí, y mis CD´s de Maroon 5. Corroborando una vez más, que soy más retro que Milenial. 












Jaque al Rey...

            Hace tiempo empecé a experimentar una sensación. De esas que nacen del medio del esternón y te contraen como si fueras a echar...